Vigilia Pascual – Homilía del Papa Francisco

Vigilia Pascual – Homilía del Papa Francisco

“La lápida jugó su papel, las mujeres hicieron su parte, en este momento la invitación se dirige de nuevo a ti ahora mí: una invitación a romper con los hábitos rutinarios, actualizar nuestra vida, nuestras selecciones y nuestra existencia; invitación que se nos dirige en la situación en que estamos, en lo que hacemos y somos”

ciudad del Vaticano

En la noche del Sábado Santo, el Papa Francisco encabezó la Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro, pronunciando la siguiente homilía:

“Empezamos esta celebración en el atrio exterior, metidos en la oscuridad de la noche y el frío que la acompaña. Sentimos el peso del silencio ante la muerte del Señor, un silencio en el que cada uno de nosotros puede reconocerse y que penetra profundamente en las hendiduras del corazón del acólito, que ante la cruz se queda sin palabras. .

Son las horas del discípulo silenciado frente a la amargura generada por la desaparición de Jesús: ¿Qué decir ante esta realidad? El discípulo que se queda boquiabierto, tomando conciencia de sus reacciones en las horas vitales de la vida del Señor: frente a la injusticia que condenaba al Profesor, los acólitos callaban; frente a las calumnias y falsos testimonios sufridos por el Maestro, los acólitos guardaron silencio. Durante las horas difíciles y dolorosas de la Pasión, los acólitos experimentaron dramáticamente su incapacidad para arriesgarse y charlar a favor del Maestro; más aún, lo negaron, se ocultaron, huyeron, callaron (cf. Jo 18, 25-27).

Es la noche del silencio para el acólito que se siente recio y paralizado, sin comprender a dónde ir frente tantas situaciones dolorosas que lo oprimen y lo envuelven. Es el acólito de el día de hoy, boquiabierto frente a una situación que se le impone, haciéndole sentir y -peor aún- creer que nada se puede hacer para sobrepasar las tantas injusticias que viven en sus carnes varios de nuestros hermanos y hermanas. .

Es el discípulo el que se queda perplejo porque está inmerso en una rutina trascendente que le quita la memoria, acalla la esperanza y le acostumbra a “siempre se hizo de esta manera”. Es el acólito estupefacto y confuso el que termina por acostumbrarse y considerar normal la oración de Caifás: “¿No te das cuenta de que te es conveniente que un hombre muera por el pueblo, y que no perezca toda la nación” (Jo 11, 50).

Y en medio de nuestros silencios, cuando nos encontramos tan opresivamente sigilosos, entonces las piedras empiezan a clamar (cf. L.c. 19, 40: “Os digo que si callan, las piedras clamarán”), dando paso al mayor anuncio que la historia ha podido contener en sí misma: “Él no está aquí, por el hecho de que ha resucitado” (monte 28, 6). La piedra del sepulcro gritó y, con su grito, anunció a todos un nuevo camino. Fue la creación la que primero repitió el triunfo de la Vida sobre todas las realidades que buscaban silenciar y amordazar la alegría del Evangelio. Fue la piedra del sepulcro la que primero brincó y, a su manera, entonó un canto de alabanza y entusiasmo, de júbilo y esperanza en el que todos estamos invitados a formar parte.

Y si ayer, con las mujeres, contemplamos “aquel a quien traspasaron” (Jo 19, 37, cf. Zc 12,10), hoy, con ellos, estamos llamados a contemplar el sepulcro vacío y a percibir las expresiones del ángel: “¡No temáis! (…) Él ha resucitado” (monte 28, 5-6). Expresiones que quieren llegar a nuestras más profundas convicciones y certezas, a nuestras formas de juzgar y afrontar los hechos rutinarios; singularmente nuestra forma de relacionarnos con el resto.

El sepulcro vacío quiere interpelar, conmover, cuestionar, pero sobre todo quiere animarnos a opinar y confiar en que Dios “se hace presente” en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar hasta los más impredecibles y cerrados. rincones de la vida existencia. Resucitó de entre los muertos, resucitó del lugar donde absolutamente nadie esperaba nada y nos espera -como esperaba a las mujeres- para hacernos participantes de su obra de salvación.

Esta es la base y la fuerza que contamos, como cristianos, para gastar nuestra vida y nuestro ardor, sabiduría, cariños y intención en la búsqueda y, singularmente, en la creación de caminos de dignidad. “Él no está aquí… ¡Ha resucitado!” (28, 6). Es el anuncio que mantiene nuestra esperanza y la transforma en actos específicos de caridad. ¡De qué manera necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia!

¡Cómo necesitamos que se renueve nuestra fe, que nuestros horizontes miopes sean cuestionados y renovados por este aviso! Jesús ha resucitado y, con él, se eleva nuestra promesa autora para afrontar los problemas actuales, pues entendemos que no estamos solos.

Festejar la Pascua significa regresar a creer que Dios irrumpe constantemente en nuestras vicisitudes, desafiando nuestros determinismos uniformadores y paralizantes. Celebrar la Pascua significa dejar que Jesús supere esa actitud pusilánime que tantas veces nos envuelve intentando de sepultar cualquier tipo de promesa.

La lápida logró su parte, las mujeres hicieron su parte, ahora la convidación se dirige una vez más a ti ahora mí: una convidación a romper con la rutina, actualizar nuestra vida, nuestras elecciones y nuestra existencia; invitación que se nos dirige en la situación en que nos encontramos, en lo que hacemos y somos; con la «participación de poder» que poseemos. ¿Deseamos formar parte de este aviso de vida o nos quedaremos mudos frente a los acontecimientos?

¡Él no está aquí, ha resucitado! Y te espera en Galilea, te invita a volver al tiempo y sitio del primer amor, para decirte: “No temas, sígueme”.

Esperamos que le gustara nuestro articulo Vigilia Pascual – Homilía del Papa Francisco
y todo lo relaciona a Dios , al Santo , nuestra iglesia para el Cristiano y Catolico .
Cosas interesantes de saber el significado : Dios