San Eusebio de Vercelli (08/02) – Comentario del Papa

San Eusebio de Vercelli (08/02) – Comentario del Papa

San Eusebio de Vercelli (08/02) – Comentario del Papa Emérito Benedicto XVI

¡Estimados hermanos y hermanas!

Esta mañana los invito a pensar sobre san Eusebio de Vercelli, el primer obispo del norte de Italia de quien disponemos cierta información. Nativo de Cerdeña a inicios de siglo. IV, y aún muy joven se traslada a Roma con su familia. Más tarde fue hecho lector: se insertó de esta forma en el clero de la Ciudad, en un momento en que la Iglesia se encontraba con seriedad probada por la herejía arriana. La enorme cree que medró cerca de Eusebio explica su elección en el año 345 a la silla episcopal de Vercelli. El nuevo obispo inició de inmediato una intensa labor de evangelización en un territorio todavía mayoritariamente pagano, especialmente en las zonas rurales.

Inspirado por San Atanasio que había escrito el vida de san agustin, iniciador del monacato en Oriente, creó una red social sacerdotal en Vercelli, afín a una comunidad monástica. Este cenobio dio al clero del norte de Italia una importante marca de santidad apostólica, y levantó esenciales figuras obispales, como Limenio y Onorato, sucesores de Eusebio en Vercelli, Gaudencio en Novara, Exuperancio en Tortona, Eustasio en Aosta, Eulogio en Ivrea, Máximo en Turín, todos venerados por la Iglesia como santurrones.

Sólidamente formado en la fe de Nicea, Eusebio defendió con todas sus fuerzas la plena divinidad de Jesucristo, definida por Credo de Nicea “de la misma substancia” con el Padre. Para ello se alió con los grandes Padres del siglo XX. IV sobre todo con san Atanasio, lugarteniente de la ortodoxia nicena contra la política filoarriana del emperador. Para el emperador, la fe aria mucho más fácil parecía ser políticamente mucho más útil como ideología del imperio. Para él, no era la verdad lo que contaba, sino la posibilidad política: pretendía instrumentalizar la religión como vínculo para la unidad del imperio.

Pero estos enormes Padres resistieron defendiendo la verdad contra el dominio de la política. De ahí que Eusebio fue culpado al destierro como tantos otros obispos de Oriente y Occidente: como exactamente el mismo Atanasio, como Hilario de Poitiers de quien charlábamos la semana pasada, como Osio de Córdoba. En Escitópolis de Palestina, donde estuvo confinado entre 355 y 360, Eusebio escribió una página fantástica de su vida. También aquí creó un monasterio con un pequeño grupo de discípulos, y desde aquí se ocupó de la correspondencia con sus leales del Piamonte, como muestra más que nada la segunda de las tres Cartas de Eusebio reconocidas como auténticas. Entonces, tras 360, fue exiliado a Capadocia y Tebaida, donde padeció abusos físicos. En 361, habiendo muerto Constancio II, le sucedió el emperador Julián, llamado el apóstata, que no se encontraba entusiasmado en el cristianismo como religión del imperio, sino sencillamente deseaba restablecer el paganismo. Puso fin al exilio de estos obispos y asimismo permitió que Eusebio tomara de nuevo posesión de su Sede. En 362 fue invitado por Anastasio a participar en el Concilio de Alejandría, que decidió indultar a los obispos arrianos a condición de que volvieran al estado laico. Eusebio ha podido ejercer el ministerio episcopal a lo largo de unos diez años, hasta su muerte, creando una relación ejemplar con su localidad, que no dejó de inspirar el servicio pastoral de otros obispos del norte de Italia, de los que nos ocuparemos en las próximas catequesis, como San Ambrosio de Milán y San Máximo de Turín.

La relación entre el obispo de Vercelli y su localidad está alumbrada más que nada por dos testimonios epistolares. El primero está en Carta ya citado, que Eusebio escribió desde el exilio en Scythopolis, “a los amantísimos hermanos y a los sacerdotes tan deseados, y al pueblo santurrón de Vercelli, Novara, Ivrea y Tortona, firmes en la fe” (ep. segundo, CCL 9, pág. 104). Estas expresiones iniciales, que marcan la emoción del buen pastor frente a su rebaño, encuentran extensa confrontación en el final de la Carta, en los afables saludos del Padre a todos de sus hijos de Vercelli, con expresiones llenas de afecto. y amor. . Primeramente, hay que apuntar la relación explícita que vincula al obispo con el plebe santa no solo de vercellae/Vercelli la primera y, desde hace unos años, la única diócesis del Piamonte pero asimismo de Novaria/ Novara, eporedia/Ivrea y detona/Tortona, o sea, una de esas comunidades cristianas que, dentro de una misma diócesis, habían alcanzado cierta coherencia y autonomía. Otro elemento atrayente lo contribuye la despedida con la que el Carta concluye: Eusebio pide a sus hijos e hijas que saluden “también a los que están fuera de la Iglesia, y que se dignan dar de comer sentimientos de amor por nosotros: etiam hos, qui foris sunt et nos digntur diligere“. Signo evidente de que la relación del obispo con su ciudad no se limitaba a la población cristiana, sino que se extendía asimismo a los extraños a la Iglesia que reconocían en cierta manera la autoridad espiritual y amaban a este hombre ejemplar.

El segundo testimonio de la singular relación del obispo con su ciudad procede de la Carta que San Ambrosio de Milán escribió a los vercelenses hacia el 394, más de veinte años tras la desaparición de Eusebio (ep. compilación extra 14: Mauricio. 63). La Iglesia de Vercelli atravesaba un instante difícil: estaba dividida y sin pastor. Ambrosio afirma con franqueza que duda en reconocer en esos vercelenses “la descendencia de los santurrones progenitores, que aprobaron a Eusebio solamente verlo, sin haberlo popular nunca antes, olvidándose incluso de los mismos ciudadanos”. Lo mismo Carta el obispo de Milán expresa muy precisamente su cree por Eusebio: “Un gran hombre”, escribe categóricamente, “merecía ser elegido por toda la Iglesia”. La admiración de Ambrosio por Eusebio se basaba más que nada en que el obispo de Vercelli regía la diócesis con el testimonio de su historia: “Con la austeridad del ayuno regía su Iglesia”. En verdad, Ambrosio también estaba fascinado, como él mismo reconoció, por el ideal monástico de contemplación de Dios, que Eusebio había perseguido siguiendo al profeta Elías.

En primer lugar – redacta Ambrosio – el obispo de Vercelli reunió a su propio clero en vita comunis y lo formó para “observar las reglas monásticas, aun viviendo en la localidad”. El obispo y su clero debían compartir los inconvenientes de sus conciudadanos, y lo hicieron de manera creíble, precisamente cultivando al mismo tiempo una ciudadanía diferente, la del Cielo (cf. media pensión 13, 14). Y de esta manera edificaron una auténtica ciudadanía, una auténtica solidaridad entre los ciudadanos de Vercelli.

De esta forma Eusebio, realizando suya la causa de plebe santa de Vercelli, vivió en la ciudad como un monje, abriendo la ciudad a Dios. Esta característica, por ende, no hizo nada para desmerecer su ejemplar dinamismo pastoral. Además de esto, parece que estableció parroquias en Vercelli para un servicio eclesial ordenado y estable, y fomentó santuarios marianos para la conversión de las poblaciones rurales paganas. Por cierto, esta “característica monástica” dio una dimensión peculiar a la relación del obispo con su localidad. Como los Apóstoles, por los que Jesús oró en la Última Cena, los Pastores y leales de la Iglesia “están en el mundo” (Jo 17, 11), pero no son “de todo el mundo”. Por eso, los pastores recordaron que Eusebio debe exhortar a los fieles a no considerar las ciudades de todo el mundo como su hogar persistente, sino a buscar la Localidad futura, la Jerusalén definitiva del cielo. Esta “reserva escatológica” permite a pastores y fieles conservar la justa escala de valores, sin someterse jamás a las tendencias actualmente ahora las injustas metas del poder político en acción. La auténtica escala de valores parece decir que toda la vida de Eusebio no proviene de los emperadores de ayer y de el día de hoy, sino de Jesucristo, el Hombre perfecto, igual al Padre en divinidad, pero hombre como nosotros. Refiriéndose a esta escala de valores, Eusebio no se fatiga de “recomendar con firmeza” a sus fieles “que con todo precaución guarden la fe, contengan la armonía, sean asiduos en la oración” (ep. segundocit.).

Queridos amigos, yo asimismo os recomiendo de todo corazón estos valores perennes, al saludaros y bendeciros con exactamente las mismas palabras con las que el Beato Obispo Eusebio concluyó su segunda Carta: “Me dirijo a todos nosotros, mis hermanos y santas hermanas, hijos y también hijas, leales de uno y otro sexo y de todas las edades, por lo que os dignais… llevar nuestro saludo asimismo a los que están fuera de la Iglesia, y que se dignan tener sentimientos de amor por nosotros” (ibídem.).

El 17 de octubre de 2007

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Cosas interesantes de saber el significado : Dios