Reflexión para el XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Reflexión para el XXII Domingo del Tiempo Ordinario

El Dios de Jesucristo es Emmanuel, Dios con nosotros, que viene a poner su tienda entre nosotros, que viene a comunicar nuestras alegrías y tristezas, que viene a vivir nuestra vida y nos desea ver contentos, contentos, en paz. (© Biblioteca Apostólica Vaticana)

Acoger a los ciegos, cojos y lisiados, para la sociedad judía, era acoger a los pecadores; el defecto físico, la enfermedad y la pobreza eran vistos como secuelas del pecado.

Padre César Augusto 2 Santurrones – Localidad del Vaticano

En el Evangelio, Jesús está cenando en la casa de personas importantes de la sociedad judía. Observó, no solo en esta cena, sino más bien en múltiples comidas en las que participó, especialmente en los banquetes, que la gente hacía verdadera gimnasia para estar en un lugar destacado, cerca del anfitrión o del homenajeado. Aprovechó el momento para realizar ciertas visualizaciones que no tienen que ver con la etiqueta, sino más bien con su postura con relación al Reino de los Cielos.

Comienza por romper con cierta visión conservadora de Dios y de las relaciones “queridas” para él.

Para Jesús no hay un Dios alejado de la gente, ni la necesidad de rendirle homenaje con mortificaciones, penitencias y ayunos. El Dios de Jesucristo es Emmanuel, Dios con nosotros, que viene a poner su tienda entre nosotros, que viene a comunicar nuestras alegrías y tristezas, que viene a vivir nuestra vida y nos quiere ver felices, felices, en paz.

Entonces el Señor emite una advertencia sobre a quién invitar a la fiesta.

Los invitados han de ser los cojos, los lisiados, los excluidos, los que jamás van a poder devolver la invitación. Según la tradición, los convidados serían hermanos, familiares, amigos y vecinos. Jesús rechazó esta costumbre y dio novedosas pautas, como hemos visto.

Jesús advierte sobre los marginados, los olvidados. Es con ellos, aquellos que están presentes sólo para servir, que el Señor se ha reconocido. Del mismo modo María, en las Bodas de Caná, se identificó con los servidores, por eso apreció la carencia de vino. Si estuvo sentada a la mesa, no se habría dado cuenta, pero como ciertamente estaba ayudando a servir, a pesar de ser una invitada, lo logró.

Llegados a este punto, tenemos la posibilidad de cuestionarnos ¿de qué lado nos encontramos? ¿Cuál es nuestro lugar popular en el planeta que habitamos? Sitio social no tanto de nacimiento, sino de decisión. ¿Nos ponemos del lado de los ricos, de los incluidos, o nos identificamos con los desposeídos?

Entonces el Señor entra en la cuestión de la recepción. Banquete, almuerzo, cena o una comida simple, significa bienvenida. ¿Acogemos sólo a los sanos, a los excelentes, a los rectos, a los beatos, o tenemos espacio para los enfermos, para los que llevan una vida irregular y están fuera de lo política y moralmente aceptado?

Acoger a los ciegos, cojos y lisiados significaba acoger a los pecadores en la sociedad judía, en tanto que los defectos físicos, las anomalías de la salud y las miserias eran vistas como consecuencias de los errores.

Jesús no tiene relación a una comida concreta, sino más bien a una actitud de vida que acepta lo puro, especial, santurrón a los ojos de los valores éticos de la sociedad de la cual formamos parte y rechaza a los que habrían de estar cubiertos de vergüenza por la vida que llevan o que encabezaron, por sus opciones equivocadas, por la manifestación pública de que rechazaron las inspiraciones por el buen camino. Podemos pensar en alcohólicos, drogodependientes, ludópatas, rameras y otros practicantes de reacciones que desacreditan a las jóvenes y jóvenes virtuosos.

Concluyendo nuestra reflexión, pidamos al Señor la gracia de cambiar nuestro rincón social e identificarnos con aquellos con los que él, su Madre y nuestra Muy santa Madre, se identificaron, o sea, con los pobres, con los marginados.

Que la celebración eucarística, que nuestra presencia en la iglesia durante la Misa, sea un signo de lo que pasa dentro de nosotros, y nos lleve a cabo sentir unidos a quien está junto a nosotros, sea popular o no, bien presentable o no.

Da igual tanto si esta clase de comida es recurrente en nuestra vida, pero es esencial que forme una parte de nuestro corazón, de nuestra intención, de nuestra identificación, de nuestro lugar de fe.

Esperamos que le gustara nuestro articulo Reflexión para el XXII Domingo del Tiempo Ordinario
y todo lo relaciona a Dios , al Santo , nuestra iglesia para el Cristiano y Catolico .
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