Público: los mandamientos llevan al hombre a abrir la

Público: los mandamientos llevan al hombre a abrir la

Frente a unos 15.000 leales en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco explicó el último mandamiento: no codiciar la mujer del prójimo ni las cosas extrañas.

Bianca Fraccalvieri – Ciudad del Vaticano

No codicies la mujer de tu prójimo ni las cosas extrañas: la catequesis del Papa Francisco en la Audiencia General de este miércoles (21/11) estuvo dedicada al último mandamiento.

Ante unos 15.000 fieles en la Plaza de San Pedro, el Pontífice explicó que al parecer estas palabras no añaden contenido nuevo, y podrían agotarse en los mandamientos sobre el adulterio y el robo.

Pero todos y cada uno de los mandamientos están premeditados a marcar la frontera de la vida, o sea, el límite más allá del cual el hombre se destruye a sí mismo ahora su prójimo, arruinando su relación con Dios.

el corazon del hombre

El décimo mandamiento resalta dado que todas las transgresiones afloran de una raíz interior común: los malos deseos que salen del corazón del hombre.

“Todo pecado nace de un deseo malévolo y acaba en una transgresión no formal, pero que daña a uno mismo y a los demás”, dijo el Papa, quien repitió un par de veces la “bella lista” que el Señor hace descrita en el Evangelio de Marcos: impurezas, hurtos, asesinatos, adulterios, avaricia, maldad, engaño, libertinaje, envidia, calumnia, soberbia y también insensatez.

De ahí que, el camino paseo por el Decálogo de nada serviría si no llegara a este nivel, el corazón del hombre. El punto de llegada de este viaje es el corazón y, si este no se suelta, el resto de poco vale. Este es el desafío, apuntó el Papa: “Dejar en libertad el corazón de todas y cada una estas cosas malévolas”.

Estos mandamientos sobre los deseos detallan nuestra pobreza y nos llevan a una santa humillación, dijo Francisco, invitando a los fieles a preguntarse qué deseo malévolo sienten con mayor frecuencia.

Abierto a la relación con Dios

El Papa recordó que es en balde que el hombre piense que puede liberarse solo, sólo con un titánico esfuerzo de su propia voluntad. Precisa el don del Espíritu Santurrón, para abrirse a una relación con Dios, en la verdad y en la libertad: sólo de esta manera las penalidades pueden ofrecer fruto, “porque tiene el Espíritu Santo que nos lleva adelante”.

El hombre no puede engañarse pensando que la obediencia así al Decálogo conducirá a la salvación. La función de los mandamientos es conducir al hombre a su verdad, o sea, a su pobreza, que se convierte en apertura genuina y personal a la misericordia de Dios, que nos transforma y nos moderniza. “Dios es el único capaz de renovar nuestro corazón, a condición de que le abramos el corazón”.

somos mendigos

Las últimas expresiones del Decálogo nos educan para reconocernos como mendicantes.

“Ayudémonos, somos mendigos. Solicitemos esta felicidad”, añadió Francisco, que concluyó:

“Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,3). Sí, bienaventurados los que dejan de engañarse pensando que pueden salvarse de su propia debilidad sin la misericordia de Dios, que es la única que puede sanar el corazón”.

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