¿Por qué siempre cometemos los mismos pecados? Para

El encuentro personal con Cristo Resucitado produce una transformación en nosotros. El cariño de Dios es responsable del nacimiento de nuevos hombres y mujeres, engendrados en el agua y en el Espíritu (cf. Jn 3, 3-5). Nuestras pretensiones pasan a ser emprender el sendero de la santidad, buscar el arrepentimiento de los pecados, para no ofender al Señor, que nos reveló cuánto nos quiere.

La esperanza renace, una fuerza contagiosa y, sobre todo, un nuevo concepto de sí mismo, basado en la dignidad de hijo de Dios, envuelve nuestros corazones. No obstante, tras cierto tiempo, puede ocurrir que volvamos a cometer algunos pecados. Aún con pelea y vigilancia, acabamos cayendo, constantemente, en exactamente los mismos errores. Estos son llamados “errores preferidos”.

Foto ilustrativa: por Getty Images/torwai

¿Qué desarrollan estos pecados en nosotros?

Tenemos la conciencia y la inspiración para no pecar, entonces ¿por qué nos percibimos débiles ante algunos impulsos? Lo primero que hay que comprender es que: el Señor creó al hombre íntegro en el bien, para el bien y para el bien. “Y (Dios) vio que todo se encontraba realmente bien” (Gn 1,31). Beato Tomás de Aquino afirma que “el hombre, siguiendo cualquier deseo natural, tiende a la semejanza divina, pues todo bien naturalmente esperado es una alguna semejanza con la amabilidad divina”. Siempre y en todo momento citando a Santo Tomás de Aquino, dice: “Pecado es apartarse de la correcta apropiación de un bien”. Lo que transporta a los humanos al pecado será siempre el deseo de alcanzar el bien que se formó en ellos.

Pecamos en el momento en que utilizamos incorrectamente estos “bienes”, dones y talentos depositados en nosotros por Dios. Este anhelo del bien jamás va a ser erradicado y, aunque el modo perfecto de buscarlo sea erróneo, “el pecado tiende a reproducirse y apuntalarse, pero no llega a eliminar de raíz el sentido ética” (Catecismo de los Iglesia Católica, n. 1865). El don jamás va a morir, incluso si lo nos encontramos utilizando para pecar. “Los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom 11,29).

Si todas nuestras facultades humanas fueron creadas para el bien, pero, por nuestra libre idea o porque aprendimos cosas de forma pecaminosa, todavía no tenemos la posibilidad de liberarnos de una mala práctica, significa que estamos frente a un rasgo de nuestra personalidad creado para el bueno; sin embargo, durante la historia personal, se ha habituado con apariencia de pecado y no de virtud.

El demonio y nuestras debilidades

Entra Satanás, el autor del pecado con sus artimañas. La tentación va a ser mayor en un área que en otra, en tanto que el demonio conoce nuestras debilidades, o explicado de otra forma, conoce nuestros rasgos y quiere quitarnos lo destacado de nosotros. Jesús, en el desierto, fue tentado exactamente en su muy santa particularidad, en lo que sólo Él es: “¡Si eres Hijo de Dios!”. (Mt 4,3-6). A Job, el demonio le exigió cuenta de su mayor mérito: la fe (cf. Job 1,21; 2,9-10).

También, nuestra mayor pelea va a estar en las mayores especificaciones de nuestro ser, con respecto al núcleo íntimo de cada uno de ellos. Por eso volvemos a la práctica del pecado, por el hecho de que un aspecto de la sagrada individualidad del ser ha sido afectado, está sellado en nosotros y no hay forma de tirar lo que somos. Ejemplo de esto: una capacidad de comunicación, en vez de ser usada para dar a conocer la Buena Novedosa, puede estar siendo desarrollada para la maledicencia.

Si una debilidad persiste, hay un fuerte rastro de nuestra humanidad allí. Es un don apreciado, pero no lo percibimos como riqueza, ya que peleamos por sofocarlo, en tanto que actúa con apariencia de pecado. El hombre que enterró su único talento en el final lo perdió, precisamente por no haber invertido apropiadamente (cf. Mt 25, 14-30). El libro “Errores e Virtudes Capitalis”, del instructor Felipe Aquino, señala que los fallos y los recursos de capital tienen todos la misma raíz, solo que uno es opuesto al otro.

¿Qué debo realizar?

Lo que hay que realizar en este momento es dirigir estas fuerzas hacia el bien, descubriendo exactamente en qué punto nos hemos correspondiente, aprendido o canalizado de manera equivocada esta característica individual y potencializarla para que toda la riqueza que el Altísimo nos dió a todos nosotros sale a la luz nosotros.

Además de esto, ¡es fundamental que no luchemos solos! Tanto para advertir en qué instante de nuestra vida el don se ha inclinado hacia el pecado para encauzarlo bien, será esencial la asistencia de otra persona. Buscar asistencia: biológica (si es patología o adicción), psicológica y espiritual (alguien ministrado).

En este hallazgo, que está impregnado de lucha, debemos frente todo ser pacientes con nosotros mismos. Siendo humanos, estamos limitados y siempre y en todo momento viviremos con nuestras miserias, sin embargo, no podemos rendirnos a ellas. La búsqueda de la santidad no es lograr la perfección, sino combatir contra nuestras debilidades. En esto, el ser humano avanza, se vuelve humanamente mejor y mucho más próximo a Dios.

¡Hay que combatir!

San Francisco de Sales enseñó: “Considera tus faltas con mucho más piedad que indignación, con más humildad que dureza, y mantén tu corazón lleno de un amor despacio, pacífico y tierno”.

¿Cayó? ¡Ponerse parado! No os conforméis con el pecado ni les desaniméis. ¡Ganaras! El Catecismo de la Iglesia Católica afirma, en el número 943: “los laicos tienen el poder de vencer el imperio del pecado en sí mismos y en el mundo”. Además de que el Señor nos dote de esta fuerza interior, que es más poderosa que nuestras faltas, también tenemos la posibilidad de recurrir a su felicidad. “Pero él [Jesus] me ha dicho: Mi felicidad basta para ti.”

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De ahí que siento gozo en las debilidades, en las afrentas, en las pretensiones, en las persecuciones y en el profundo dolor sufrido por Cristo. “Pues en el momento en que me siento enclenque, entonces soy fuerte” (II Cor 12,9a-10).

La gracia de Dios asimismo se manifiesta en nuestra pobreza. En el momento en que estamos impotentes ante un hecho, solo podemos recurrir a la Divina Clemencia que, en este mundo, actúa por excelencia en el Sacramento de la Confesión. Confesar siempre y en todo momento será la manera más óptima de liberación.

¡Que Dios los bendiga!

Sandro Arquejada

Misionero de la Comunidad Canção Nova, Sandro Arquejada es licenciado en Administración de Compañías por la Faculdade Salesiana de Lins (SP). Actualmente trabaja en la Editora Canção Nova. Autor de libros de la Editora Canção Nova, ahora publicó tres proyectos: “María, humana como nosotros”; “Las cinco etapas del cortejo”; y “El rosario de los hombres y la gran misión masculina”.

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