¿Por qué los católicos veneran las imágenes? La Iglesia

La Iglesia adora la fotografía de un ser querido y respeta las imágenes como se respeta a sí misma.
Desde la antigüedad, el hombre siempre ha usado pinturas, figuras, dibujos, estatuas y otras formas para hacerse entender o argumentar algo. Estos medios se usa para ayudar a visualizar lo invisible, para argumentar lo que es imposible explicar con expresiones. Cuando el hombre cayó por el pecado y perdió la privacidad con Dios, comenzó a confundirlo con otras cosas ya alabarlo como si fuesen dioses. Este culto se representaba con frecuencia con estatuas o imágenes idólatras. La prohibición de las imágenes del Decálogo se explica por la función de semejantes representaciones. No obstante, aun cuando mucha gente considera que el primer mandamiento prohíbe la veneración de imágenes, esto no es siempre de esta manera. El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento, pues el honor que se da a una imagen pertenece a quien está representado en ellas. Esto significa que una imagen no es reverenciada por la imagen en sí, sino con lo que representa.
En este sentido, Santo Tomás de Aquino, en su monumental suma teológica, señala que “el culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su propio aspecto de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Pues bien, el movimiento que se dirige hacia la imagen como tal no se detiene allí, sino que tiende hacia la realidad de la que es imagen”.
Fotografía: Daniel Mafra/cancaonova.com
La institución de las imágenes
Aun ya en el Antiguo Testamento, Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que llevarían de forma simbólica a la salvación por el Verbo encarnado, y, como un ejemplo de esto, disponemos la serpiente de bronce o el arca de la alianza y los querubines.
Las primeras comunidades cristianas representaban a Jesús con imágenes del Buen Pastor; mucho más adelante aparecían las del Cordero Pascual y otros iconos que representaban la vida de Cristo. Las imágenes fueron siempre un medio para anunciar y transmitir la fe en Cristo y la veneración y el cariño a la Santísima Virgen ahora los beatos. Prueba de ello son las catacumbas -la mayor parte situadas en Roma- donde aún se preservan imágenes realizadas por los primeros cristianos, como las catacumbas de Santa Priscila, pintadas en la primera mitad del siglo III.
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Con la encarnación de Jesucristo se inauguró una exclusiva economía de imágenes. Cristo tomó y salvó las enseñanzas del Viejo Testamento y le dio una interpretación más perfecta en su persona. Antes de Cristo absolutamente nadie podía ver la cara de Dios; en Cristo Dios se realizó visible. Antes de Jesús, las imágenes de forma frecuente representaban ídolos, se utilizaban para la idolatría. No obstante, el verdadero Dios deseó tomar una imagen humana, ya que él es la imagen aparente del Padre.
María y los Santurrones
La Iglesia Católica venera a los santos, pero no los adora. Venerar algo o alguien que no sea Dios es idolatría. Hay que comprender distinguir entre venerar y venerar. San Pablo enseña la necesidad de rememorar con especial cree a nuestros predecesores en la fe. No desaparecieron en la nada, pero nuestra fe nos da la seguridad del cielo, donde los que murieron en la fe ya son victoriosos en Cristo.
La Iglesia adora la fotografía de un ser querido y respeta las imágenes como se respeta a sí misma. Todos entendemos que no es lo mismo contemplar la fotografía que la persona en carne y hueso. Está, entonces, la tradición católica contra la Biblia. La Iglesia ha sido leal a la interpretación cristiana auténtica desde sus orígenes.
La Iglesia siempre ha buscado con especial interés que los elementos sagrados sirvan al esplendor del culto con dignidad y hermosura, admitiendo la pluralidad de materiales, formas y ornamentos que el progreso técnico ha producido durante los siglos. Además de esto, la Iglesia siempre y en todo momento se ha considerado árbitro de estas proyectos, eligiendo entre las proyectos artísticas las que mejor responden a la fe, a la piedad ahora las normas religiosas tradicionales, y que, por tanto, se amoldan mejor al empleo sagrado.
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