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Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz

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Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz

Papa Francisco. Foto: SNC

Papa Francisco. Foto: SNC

La fraternidad es el fundamento y el camino de la paz ha dicho el Papa Francisco en su primer mensaje para la Jornada Mundial de Oración por la Paz.

En su mensaje de 5.000 palabras, el Pontífice destaca una serie de áreas en las que la ausencia de fraternidad provoca la ruptura del orden social, religioso, económico y familiar.

Abordando el contexto del siglo XXI, el Papa destaca que en muchas partes del mundo “no hay fin a las graves ofensas contra los derechos humanos fundamentales, especialmente el derecho a la vida y el derecho a la libertad religiosa”.

Comenta que el “fenómeno trágico” de la trata de personas, en el que los “sin escrúpulos se aprovechan de la vida y la desesperación de los demás”, es solo un ejemplo “inquietante” de ello.

Junto a los conflictos armados abiertos están las guerras menos visibles pero no menos crueles que se libran en los sectores económico y financiero con medios igualmente destructivos para vidas, familias y negocios, según el Papa Francisco.

Las múltiples situaciones de desigualdad, pobreza e injusticia, son signos no sólo de una profunda falta de fraternidad, sino también de la ausencia de una cultura de la solidaridad.

Las nuevas ideologías, caracterizadas por el individualismo rampante, el egocentrismo y el consumismo materialista, debilitan los lazos sociales, alimentando una mentalidad de ‘desecharse’ que conduce al desprecio y al abandono de los más débiles y considerados ‘inútiles’.

Señala que el número cada vez mayor de interconexiones y comunicaciones en el mundo actual “nos hace poderosamente conscientes de la unidad y el destino común de las naciones”.

Ahí radica el potencial para formar una comunidad compuesta por hermanos y hermanas que se aceptan y se cuidan unos a otros.

“Pero esta vocación es aún frecuentemente negada e ignorada en un mundo marcado por una ‘globalización de la indiferencia’ que nos habitúa lentamente al sufrimiento de los demás y nos encierra en nosotros mismos”, advierte el Papa.

La solidaridad cristiana supone que nuestro prójimo sea amado no sólo como “ser humano con sus propios derechos y en igualdad fundamental con todos los demás, sino como imagen viva de Dios Padre, redimido por la sangre de Jesucristo y puesto bajo la protección permanente acción del Espíritu Santo”.

Refiriéndose a la encíclica del Papa Emérito Benedicto XVI Caritas in Veritateel Papa Francisco señala que recordó al mundo cómo la falta de fraternidad entre los pueblos y los hombres y mujeres es una causa importante de pobreza.

“En muchas sociedades estamos experimentando una profunda pobreza de relaciones como resultado de la falta de relaciones familiares y comunitarias sólidas. Nos preocupan los diversos tipos de penurias, marginaciones, aislamientos y diversas formas de dependencia patológica que vemos aumentar”, advierte.

Este tipo de pobreza sólo se puede superar redescubriendo y valorando las relaciones fraternas en el seno de las familias y de las comunidades, compartiendo las alegrías y los dolores, las dificultades y los triunfos que son parte de la vida humana.

Incluso donde se está produciendo una reducción de la pobreza absoluta, hay un aumento importante de la pobreza relativa y casos de desigualdad entre las personas y los grupos que viven juntos en regiones particulares.

El Papa Francisco llama a “políticas efectivas” para promover el principio de fraternidad, asegurando a las personas, iguales en dignidad y en derechos fundamentales, el acceso a capital, servicios, recursos educativos, salud y tecnología para que cada persona tenga “la oportunidad de expresar y realizar su proyecto de vida y pueda desarrollarse plenamente como persona”.

El Papa Francisco advierte también que las graves crisis financieras y económicas del momento actual -“que tienen su origen en el progresivo alejamiento del hombre de Dios y del prójimo, en la avaricia de los bienes materiales por un lado, y en el empobrecimiento de las relaciones interpersonales y comunitarias por el otro” han empujado al hombre a buscar la satisfacción, la felicidad y la seguridad en el consumo y las ganancias fuera de toda proporción con los principios de una sana economía.

La sucesión de crisis económicas debe conducir a “un replanteamiento oportuno de nuestros modelos de desarrollo económico y a un cambio de estilos de vida”.

El Papa sugiere que la crisis de hoy, “aun con sus graves implicaciones para la vida de las personas, puede brindarnos también una fructífera oportunidad para redescubrir las virtudes de la prudencia, la templanza, la justicia y la fortaleza”.

En otra parte de su mensaje, el Pontífice argentino argumenta que la fraternidad extingue la guerra.

“En el último año, muchos de nuestros hermanos y hermanas han seguido soportando la experiencia destructiva de la guerra, que constituye una herida grave y profunda infligida a la fraternidad”.

Por eso, apela «con fuerza a todos los que siembran violencia y muerte por la fuerza de las armas: en la persona que hoy veis simplemente como un enemigo a batir, descubrid más bien a vuestro hermano o hermana, ¡y retened la mano!».

Continúa: “¡Abandonad el camino de las armas y salid al encuentro del otro en el diálogo, el perdón y la reconciliación, para reconstruir en torno a vosotros la justicia, la confianza y la esperanza!”.

El Papa Francisco sugiere que los acuerdos internacionales y las leyes nacionales, si bien son necesarios y muy deseables, no son por sí mismos suficientes para proteger a la humanidad del riesgo de un conflicto armado.

“Se necesita una conversión de los corazones que permita a cada uno reconocer en el otro un hermano o una hermana a quien cuidar y con quien trabajar juntos en la construcción de una vida plena para todos”, añade.

El Papa Francisco también golpea duramente contra la corrupción y el crimen organizado que, advierte, amenazan la fraternidad.

La fraternidad genera paz social porque crea un equilibrio entre la libertad y la justicia, entre la responsabilidad personal y la solidaridad, entre el bien de las personas y el bien común.

Y por eso una comunidad política debe actuar de manera transparente y responsable para favorecer todo esto. Los ciudadanos deben sentirse representados por los poderes públicos en el respeto de su libertad.

Sin embargo, con frecuencia se abre una brecha entre los ciudadanos y las instituciones por intereses partidistas que desfiguran esa relación, fomentando la creación de un clima duradero de conflicto.

Un auténtico espíritu de fraternidad vence el egoísmo individual que se opone a la capacidad de las personas para vivir en libertad y en armonía entre sí. Ese egoísmo se desarrolla socialmente, ya sea en las múltiples formas de corrupción, tan difundidas hoy, o en la formación de organizaciones criminales, desde pequeños grupos hasta organizaciones organizadas a escala global, comenta.

“Estos grupos derriban la legalidad y la justicia, golpeando el corazón mismo de la dignidad de la persona. Estas organizaciones ofenden gravemente a Dios, hieren a los demás y dañan la creación, más aún cuando tienen tintes religiosos”.

“Pienso también en el drama desgarrador del abuso de drogas, que se lucra en desacato a las leyes morales y civiles. Pienso en la devastación de los recursos naturales y la contaminación continua, y la tragedia de la explotación del trabajo.

“Pienso también en el tráfico ilícito de dinero y la especulación financiera, que a menudo resultan depredadores y dañinos para sistemas económicos y sociales completos, y exponen a millones de hombres y mujeres a la pobreza”.

“Pienso en la prostitución, que todos los días cosecha víctimas inocentes, especialmente jóvenes, robándoles su futuro”.

“Pienso en la abominación de la trata de personas, los crímenes y abusos contra menores, el horror de la esclavitud aún presente en muchas partes del mundo; la tragedia frecuentemente pasada por alto de los migrantes, que a menudo son víctimas de una manipulación vergonzosa e ilegal”.

El Papa concluye advirtiendo a la humanidad que la naturaleza está a su disposición y está llamada a ejercer sobre ella una custodia responsable.

“Sin embargo, muy a menudo somos impulsados ​​por la codicia y la arrogancia del dominio, la posesión, la manipulación y la explotación; no preservamos la naturaleza; ni lo respetamos ni lo consideramos un don de gracia que debemos cuidar y poner al servicio de nuestros hermanos y hermanas, incluidas las generaciones futuras”.

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