La Eucaristía, Prenda de la Resurrección – Reflejo de San

La Eucaristía, Prenda de la Resurrección – Reflejo de San

La Eucaristía, prenda de la resurrección – Reflexión de San Ireneo, obispo

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Si no hay salvación para la carne, tampoco el Señor nos redimió con su sangre. Por consiguiente, ni el cáliz de la Eucaristía es la comunión de su sangre, ni el pan que partimos es la comunión de su cuerpo. La sangre, en efecto, procede de las venas, de la carne y de lo que pertenece a la substancia humana. Esta sustancia, la Palabra de Dios la asumió en su realidad y por ella nos redimió con su sangre, como dice el Apóstol: Por su sangre, fuimos liberados. En él, nuestras faltas son perdonadas (Efesios 1:7).

Somos sus miembros y nos nutrimos de las cosas creadas que él mismo nos ofrece, haciendo salir el sol y caer la lluvia según su voluntad. De ahí que, el Señor afirma que el cáliz, fruto de la creación, es su sangre, que hace más fuerte nuestra sangre; y el pan, también fruto de la creación, es su cuerpo, que hace más fuerte nuestro cuerpo.

Por tanto, cuando la copa de vino mezclada con agua y el pan natural reciben la palabra de Dios, se transforman en la eucaristía de la sangre y el cuerpo de Cristo. Son ellos quienes alimentan y tonifican la sustancia de nuestra carne. ¿Cómo se puede negar que la carne es con la capacidad de recibir el don de Dios, que es la vida eterna, esta carne que se alimenta de la sangre y del cuerpo de Cristo y se hace miembro de su cuerpo?

Afirma el santurrón Apóstol en la Carta a los Efesios: Somos integrantes de tu cuerpo (Efesios 5:30), de tu carne y tus huesos (cf. Gn 2,23); no es de un hombre espiritual e invisible que charla— el espíritu no posee carne ni huesos (cf. Lc 24,39) – sino del organismo verdaderamente humano, consistente en carne, ligamentos y huesos, que se nutre con el cáliz de su sangre y se fortalece con el pan que es su cuerpo.

El sarmiento de la vid plantado en la tierra, da fruto a su tiempo, y el grano de trigo, caído en la tierra y disuelto, se multiplica por el Espíritu de Dios que sosten todas y cada una de las cosas. Luego, por el arte de la manufactura, se convierten para el uso del hombre. Al recibir la palabra de Dios, se transforman en la Eucaristía, o sea, el cuerpo y la sangre de Cristo. De la misma forma, nuestros cuerpos, nutridos por la Eucaristía, depositados en la tierra y allí desintegrados, resucitarán a su debido tiempo, cuando la Palabra de Dios les conceda la resurrección para gloria del Padre. Es él quien viste su cuerpo mortal con su inmortalidad y da gratuitamente la incorruptibilidad a la carne corruptible. Pues es en la debilidad que actúa el poder de Dios.

Fuente: Liturgia de las Horas

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