Homilía del Papa Francisco: Vísperas de la Solemnidad de la

Vaticano, 25 de enero. 21/03:11 pm (ACI).- La Basílica de San Pablo Extramuros, en Roma, acogió la celebración de las segundas Vísperas de la Solemnidad de la conversión del Apóstol San Pablo. Debido a los dolores causados ​​por la ciática, el Papa Francisco no ha podido comandar la liturgia, pero en su rincón, el Cardenal Kurt Koch, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, leyó la homilía lista por el Pontífice.

A continuación se muestra el artículo completo de la homilía del Papa Francisco:

“Permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Jesús asocia esta petición a la imagen de la vid y los sarmientos, la última que nos da en los Evangelios. El Señor mismo es la vid, la vid “verídica” (15,1), que no traiciona las esperanzas, sino que continúa fiel en el cariño y nunca falla, pese a nuestros pecados y divisiones.

En esta vid que es Él, somos injertados como sarmientos, todos nosotros, bautizados: o sea, que sólo unidos a Jesús tenemos la posibilidad de crecer y dar fruto. Esta tarde, contemplemos esta unidad indispensable, que tiene varios escenarios. Pensando en la vid, podríamos imaginar la unidad formada por tres círculos concéntricos, como los de un leño.

El primer círculo, el mucho más interior, es permanecer en Jesús. Desde aquí comienza el camino de cada uno hacia la unidad. En la realidad cambiante y complicada de el día de hoy, arrastrada aquí y allí, es fácil perder la pista.

Varios se sienten íntimamente desgarrados, inútiles de encontrar un punto sólido, una estructura permanente en las circunstancias variables de la vida. Jesús nos enseña el misterio de la estabilidad: mantenerse en Él.

En el texto que acabamos de percibir, reitera este concepto siete veces (cf. 15, 4-7, 9-10). Sabe que sin él nada podemos realizar (cf. 15,5). Y también nos mostró de qué forma hacerlo, dándonos un caso de muestra: cada día se retiraba a lugares desiertos para rezar.

Requerimos la oración como el agua para vivir. La oración personal, el estar con Jesús, la adoración, es la esencia de este mantenerse en Él. Es el sendero para poner en el corazón del Señor todo lo que llena nuestro corazón: esperanzas y temores, alegrías y tristezas. Pero más que nada, centrados en Jesús en la oración, experimentamos su amor.

Y de ahí nuestra existencia recibe vida, como la rama que saca la savia del tronco. Esta es la primera unidad, nuestra integridad personal, la obra de felicidad que recibimos al permanecer en Jesús.

El segundo círculo es el de la unidad con los cristianos. Somos ramas de una misma vid, somos vasos comunicantes: el bien y el mal que cada uno hace revierte en los demás.

Además de esto, en la vida espiritual predomina una especie de “ley de la activa”: en la medida en que continuamos en Dios, nos aproximamos a el resto y, en la medida en que nos aproximamos a los demás, continuamos en Dios.

Quiere decir que si invocamos a Dios en espíritu y verdad, aparece la necesidad de amar a el resto y, al reves, “si nos amamos unos a otros, Dios continúa en nosotros” (1 Jn 4,12).

La oración sólo puede conducir al amor, en caso contrario es un ritualismo vano. En efecto, no es posible encontrar a Jesús sin su Cuerpo, compuesto de muchos miembros, muchos como bautizados.

Si nuestra adoración es auténtica, creceremos en el amor por todos los que siguen a Jesús, con independencia de la comunión cristiana a la que pertenezcan, pues si bien no sean “nuestros”, son suyos.

Nos damos cuenta, no obstante, que querer a nuestros hermanos y hermanas no es moco de pavo, por el hecho de que sus defectos y carencias se muestran de inmediato, y las lesiones del pasado vuelven a la mente.

Aquí viene en nuestra asistencia la acción del Padre que, como un sabio labrador (cf. Jn 15, 1), sabe bien qué realizar: “Él corta en mí toda rama que no da fruto y poda la que da fruto , a fin de que den aún más fruto” (Jn 15,2).

El Padre corta y poda. ¿Por qué? Por el hecho de que, para amar, requerimos despojarnos de lo que nos pierde y nos hace centrarnos en nosotros mismos, impidiéndonos ofrecer fruto. Por eso, solicitemos al Padre que nos quite los prejuicios contra los demás y los apegos mundanos que impiden la unidad plena con sus hijos.

De este modo, purificados en el amor, sabremos poner en un segundo plano los óbices terrenales y los óbices de antaño, que el día de hoy nos alejan del Evangelio.

El tercer y mucho más amplio círculo de unidad es toda la humanidad. En este contexto, tenemos la posibilidad de reflexionar sobre la acción del Espíritu Santurrón. En la vid que es Cristo, Él es la savia que llega a todas partes. Pero el Espíritu sopla donde desea y en todas y cada una partes quiere devolver la unidad.

Nos transporta a querer no solo a los que nos aman y opínan como nosotros, sino a todos, como nos enseñó Jesús. Nos hace capaces de perdonar a nuestros enemigos y las injusticias sufridas. Nos exige a ser activos y creativos en el cariño.

Nos recuerda que los prójimos no son solo esos que distribuyen nuestros valores y también ideas, sino que nos encontramos llamados a volvernos próximos a todos, buenos samaritanos de una humanidad vulnerable, pobre y sufriente -el día de hoy, tan sufriente- que yace en el suelo. en los caminos del mundo y que Dios, en su compasión, quiere suscitar.

El Espíritu Beato, creador de la felicidad, nos asiste a vivir libremente, a querer asimismo a los que no nos corresponden, por el hecho de que es en el cariño puro y desinteresado que el Evangelio da fruto. Es por los frutos que se reconoce el árbol: por el cariño gratuito, se reconoce si pertenecemos a la vid de Jesús.

El Espíritu Santurrón nos enseña de esta manera el cariño concreto por todos nuestros hermanos y hermanas con los que compartimos la misma humanidad, aquella humanidad que Cristo unió inseparablemente a sí mismo, diciéndonos que lo encontraremos siempre y en todo momento en los mucho más pobres y necesitados (cf. Mt. 25, 31-45).

Sirviéndolos juntos, descubriremos que somos hermanos y creceremos en la unidad. El Espíritu, que moderniza la faz de la tierra, nos exhorta también a proteger la casa común, a hacer selecciones valientes en el modo de vivir y consumir, por el hecho de que lo opuesto de ofrecer fruto es la explotación, y es indigno desaprovechar el preciosos recursos de los que varios se ven privados.

Esta tarde, el Espíritu mismo, artífice del camino ecuménico, nos ha llevado a orar juntos. Y mientras que experimentamos la unidad que procede de dirigirse a Dios con solo una voz, quiero agradecer a todos aquellos que han orado esta Semana y proseguirán orando por la unidad de los cristianos.

Dirijo mi saludo fraterno a los representantes de las Iglesias y de las Comunidades eclesiales aquí reunidas: a los jóvenes ortodoxos y ortodoxos orientales que estudian en Roma con el acompañamiento del Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos; a los instructores y alumnos del Centro Ecuménico de Bossey, que deberían haber venido a Roma como en años precedentes, pero no pudieron por la pandemia y nos siguen mediante los medios de comunicación.

Queridos hermanos y hermanas, ¡permanezcamos unidos en Cristo! Que el Espíritu Beato, derramado en nuestros corazones, nos lleve a cabo sentir hijos del Padre, hermanos y hermanas entre nosotros, hermanos y hermanas en la única familia humana. Que la Santísima Trinidad, comunión de amor, nos realice crecer en la unidad.

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