Homilía del Papa Francisco en la Misa del Miércoles de Ceniza

Vaticano, 17 de febrero. 21/08:41 am (ACI).- El Papa Francisco presidió la Misa de este Miércoles de Ceniza con el rito de bendición y también imposición de la ceniza, que sucedió en el altar de la cátedra de la Basílica de San Pedro.

En su homilía, el Santurrón Padre resaltó que la Cuaresma “es un camino de regreso a Dios”, en el que Dios dice “Volved a Mí de todo corazón”.

“La Cuaresma es un viaje que involucra toda nuestra vida, todo de nosotros. Es hora de revisar los caminos que estamos recorriendo, de hallar el sendero que nos lleve de vuelta a casa, de descubrir de nuevo el vínculo primordial con Dios, del que todo depende. La Cuaresma no es crear un ramo espiritual; es discernir hacia dónde se dirige el corazón”, ha dicho el Papa.

Ahora se muestra la homilía completa pronunciada por el Papa Francisco:

Iniciamos el sendero de la Cuaresma, que se abre con las palabras del profeta Joel señalando el con rumbo a proseguir. Es una convidación que aflora del corazón de Dios, implorándonos con los brazos libres y los ojos llenos de melancolia: “Volved a mí de todo corazón” (jl 2, 12). convertirme. la cuaresma es uno viaje de vuelta adiós. Cuántas veces, ocupados o indiferentes, le hemos dicho: “¡Señor, espera! Voy a venir a verte más tarde… Hoy no puedo, pero mañana comenzaré a rezar ya hacer algo por el resto”. Y de esta forma día a día… En este momento Dios lanza un llamamiento a nuestro corazón. En la vida siempre tendremos cosas que llevar a cabo y excusas que ofrecer, pero, hermanos y hermanas, el día de hoy es el momento de volver a Dios.

Convertíos a Mí – afirma – con todo tu corazón. La Cuaresma es un camino que implica toda nuestra vida, todo de nosotros. Es hora de comprobar los caminos que nos encontramos recorriendo, de conseguir el sendero que nos lleve de vuelta a casa, de redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que todo depende. La Cuaresma no es componer un ramo espiritual; es discernir hacia dónde se orienta el corazón. He aquí el corazón de la Cuaresma: ¿hacia dónde se dirige mi corazón? Tratemos de saber: ¿adónde me transporta el “navegante” de mi vida, a Dios oa mí mismo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser sentido, alabado, preferido, en primer lugar y así sucesivamente? ¿Tengo un corazón que “baila”, que da un paso adelante y otro atrás, amando ahora al Señor y ahora al planeta, o un corazón estable en Dios? ¿Me siento a gusto con mis hipocresías o combato por liberar mi corazón de las simulaciones y falsedades que lo sostienen cautivo?

El sendero de Cuaresma es un éxodo: es un éxodo de la esclavitud a la independencia. Son 40 días que recuerdan los 40 años en los que el pueblo de Dios caminó por el desierto para regresar a su patria. ¡Pero qué bien difícil fue salir de Egipto! Mucho más difícil que salir de la tierra fue sacar a Egipto del corazón del pueblo de Dios, ese Egipto que llevaban dentro… ¡Es realmente difícil salir de Egipto! En el sendero, en sus lamentos, siempre y en todo momento eran tentados por las cebollas, tentados a regresar atrás, atrapados por los recuerdos del pasado, por cualquier ídolo. Lo mismo pasa con nosotros: el sendero de regreso a Dios se ve obstaculizado por nuestros apegos malsanos, impedido por los nudos seductores de las adicciones, por la falsa seguridad del dinero y la ostentación, por el lloriqueo que nos paraliza. Para caminar, es necesario desenmascarar estas ilusiones.

Preguntémonos entonces: ¿Cómo seguir en el sendero hacia Dios? Los viajes de regreso narrados por la Palabra de Dios nos asisten.

Observamos al hijo pródigo y entendemos que también es hora de que nosotros volver al Padre. Como ese hijo, asimismo nosotros olvidamos el ambiente del hogar, derrochamos recursos preciosos a cambio de cosas sin valor y nos quedamos con las manos vacías y el corazón insatisfecho. Nos caemos: somos niños que caen de forma continua, somos como pequeños pequeños que procuran caminar pero caen al suelo, necesitando ser levantados por su papá una y otra vez. Y el perdón del Padre que siempre nos pone de pie: el perdón de Dios, la Confesión, es el primer paso de nuestro camino de regreso. Al decir la Confesión, sugiero a los confesores: Ser como el padre, no con el látigo, sino más bien con el abrazo.

entonces requerimos volver a jesus, haz como aquel leproso curado que volvió a darle las gracias. Curados fueron diez, pero solo él fue bastante salvadopor el hecho de que había vuelto a Jesús (cf. L.c. 17, 12-19). Todos, todos tenemos patologías espirituales: solos no podemos curarlas; todos tenemos vicios muy arraigados: no tenemos la posibilidad de erradicarlos solos; todos contamos miedos que nos paralizan: solos, no podemos vencerlos. Necesitamos imitar a ese leproso, que volvió a Jesús y se postró a sus pies. Necesitamos el sanidad de jesus, necesitamos poner nuestras heridas delante de él y mencionarle: “Jesús, estoy aquí enfrente de ti, con mi pecado, con mis miserias. Tú eres el médico; puedes liberarme. Cura mi corazon”.

¡Aún más! La palabra de Dios nos pide que volvamos al Padre, nos pide que volvamos a Jesús, y también nosotros estamos llamados a regresar al espíritu beato. Las cenizas en la cabeza nos recuerdan que somos polvo y al polvo volveremos. Pero sobre este polvo que somos, Dios sopló su Espíritu de vida. Entonces no podemos vivir siguiendo el polvo, yendo tras cosas que hay el día de hoy y desaparecen mañana. ¡Volvamos al Espíritu, dador de Vida! Volvamos al Fuego que levanta nuestras cenizas, a ese Fuego que nos enseña a querer. Seremos siempre y en todo momento polvo, pero – como afirma un himno litúrgico – polvo enamorado. Oremos nuevamente al Espíritu Santo, redescubramos el fuego de la alabanzaque quema las cenizas del lloriqueo y la resignación.

Hermanos y hermanas, o sea nuestro viaje de vuelta a Dios sólo es viable pues hubo vienes a nosotros. En caso contrario no podría haber sido viable. Antes que fuéramos a Él, Él descendió a nosotros. Él nos precedió, vino a nuestro encuentro. Para nosotros, descendió aún más profundo de lo que podíamos imaginar: se realizó pecado, se hizo muerte. San Pablo nos lo recuerda: “Al que no conoció el pecado, Dios lo logró pecado por nosotros” (2 colores 5, 21). Para no dejarnos solos y acompañarnos en el camino, descendió en nuestro pecado y en nuestra muerte. Tocó el pecado, tocó nuestra muerte. Conque nuestro camino es dejarse llevar de la mano. El Padre que nos llama es Aquel que sale de casa y viene a procurarnos; el Señor que nos sana es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es el que sopla de forma fuerte y ​​suavidad sobre nuestro polvo.

De ahí la súplica del Apóstol: “Dejaos reconciliar con Dios” (2 colores 5, 20). dejaos reconciliar: el camino no depende de nuestras fuerzas; con sus propias fuerzas, nadie puede reconciliarse con Dios; No lo logra. La conversión del corazón, con los movimientos y prácticas que la expresan, sólo es viable a partir del primado de la acción de Dios. Lo que nos hace regresar a él no son nuestras habilidades o los méritos de los que nos jactamos, sino su felicidad que tenemos que aceptar. sálvanos la felicidad. La salvación es pura felicidad, pura gratuidad. Jesús lo ha dicho precisamente en el Evangelio: lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación franca con el Padre. El principio de volver a Dios es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia, necesitados de Su gracia. Este es el sendero preciso: el camino de la humildad. ¿Cómo me siento: necesitado o autosuficiente?

El día de hoy inclinamos la cabeza para recibir las cenizas. Al final de la Cuaresma, nos inclinaremos aún mucho más para lavar los pies de nuestros hermanos. La Cuaresma es un descenso humilde en nosotros mismos y hacia el resto. Es comprender que la salvación no es una subida a la gloria, sino un descenso por amor. Es para hacernos humildes. En este sendero, para no perder el rumbo, pongámonos frente a la cruz de Jesús: es la silla discreta de Dios. Contemplemos cada día sus llagas, las llagas que llevó al Cielo y cada día, en su oración de intercesión, hace ver al Padre. Contemplemos sus heridas cada día. En esos orificios, reconozcamos nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos hicieron padecer. Y no obstante, aun allí, observamos que Dios no nos apunta con el dedo, sino nos abre los brazos. Sus heridas están abiertas para nosotros y por esas heridas fuimos curados (cf. 1 ped 2, 24; es 53, 5). Besémoslos y comprenderemos que precisamente allí, en los huecos mucho más lacerantes de la vida, nos espera Dios con su sin limites misericordia. Por el hecho de que allí, donde somos más vulnerables, donde mucho más nos avergonzamos, Él vino a nuestro encuentro. Y en este momento que vino a nosotros, nos sugiere ir a regresar a él, a redescubrir la alegría de ser amados.

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