Homilía del Papa Francisco en la Fiesta de la Presentación del Señor

Vaticano, 02 de febrero. 21/02:24 pm (ACI).- El Papa Francisco presidió la tarde de este martes 2 de febrero la Misa por la Celebración de la Presentación del Señor y la Día Mundial de la Vida Consagrada. El Pontífice celebró la Eucaristía en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro en el Vaticano junto a integrantes de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica.

Ahora se muestra la homilía del Papa Francisco en su integridad:

Simeón “aguardaba – escribe San Lucas – la consolación de Israel” (2,25). Subiendo al templo cuando María y José llevaron allí a Jesús, recibe al Mesías en sus brazos. Y, en ese Niño, reconoce la luz que vino a iluminar a las naciones; esta identificación la hace un adulto mayor que pacientemente esperaba que se cumplieran las promesas del Señor.

La paciencia de Simeón. Echemos un vistazo más de cerca a la paciencia de Simeón. Toda su vida ha estado aguardando, ejercitando la paciencia de su corazón. Aprendió, en la oración, que Dios por norma general no recurre a hechos expepcionales, sino que efectúa su obra en la visible monotonía de la vida cotidiana, en el ritmo en ocasiones cansador de las actividades, en las pequeñas cosas que hacemos con humilde perserverancia, buscando cumplir su voluntad.

Caminando con paciencia, Simeón no se dejó quebrantar transcurrido un tiempo. Es un hombre ya cargado de años, pero la llama de su corazón aún está encendida; A veces en su extendida vida se habrá sentido confuso y desalentado, pero no ha perdido la esperanza; Cumple con paciencia su promesa, sin dejarse consumir por la amargura del tiempo pasado ni por esa melancolía resignada que llega en el momento en que se llega al ocaso de la vida. En él, la espera de lo esperado se traducía en la paciencia día tras día de quien, pese a todo, permanecía vigilante hasta que, al fin, sus “ojos veían la salvación” (Lc 2,30).

Me pregunto: ¿dónde aprendió Simeón esta paciencia? Lo recibió de la oración y de la vida de su pueblo, que siempre y en todo momento reconoció en el Señor “al Dios misericordioso y clemente, retardado para la furia, lleno de amabilidad y de fidelidad” (Ex- 34, 6); el Padre que, aun frente al rechazo y la infidelidad, no se cansa; antes bien, su “paciencia los aguantó durante muchos años” (cf. Ne 9, 30), para concederles siempre y en todo momento la posibilidad de la conversión.

De esta manera, la paciencia de Simeón es un espejo de la paciencia de Dios. De la oración y de la historia de su pueblo, Simeón aprendió que Dios es paciente. Y con su paciencia, como dice san Pablo, “invita a la conversión” (Rm 2, 4). Me agrada recordar lo que dijo De roma Guardini: la paciencia es la forma en que Dios responde a nuestra debilidad, para ofrecernos tiempo para cambiar (cf. Glaubenserkenntnis, Würzburg 1949, 28).

Pero, más que nada, ha de ser el Mesías -Jesús, a quien Simeón tiene en sus brazos- quien nos revela la paciencia de Dios, el Padre que nos muestra misericordia y nos llama hasta la última hora, que no pide la perfección, sino más bien la generosidad del corazón, que abre novedosas posibilidades donde todo semeja perdido, que busca un hueco por donde ingresar en nosotros en el momento en que nuestro corazón está cerrado, que deja crecer el trigo sin arrancar la cizaña.

Esta es la razón de nuestra esperanza: Dios nos espera sin cansarse jamás. En el momento en que nos distanciamos, él viene a buscarnos; en el momento en que caigamos al suelo, levántanos; cuando volvemos a él tras vagar perdidos, nos espera con los brazos libres. Su amor no se mide por el peso de nuestros cálculos humanos, pero siempre y en todo momento nos ofrece el coraje de iniciar de nuevo.

Enséñanos la resiliencia, el valor de volver a empezar. Siempre y en todo momento, todos los días, después de las caídas, siempre y en todo momento, comenzar de nuevo. Él es paciente.

Nuestra paciencia. De la paciencia de Dios y de la de Simeón, aprendamos para nuestra vida consagrada. Y preguntémonos: ¿Qué es la paciencia? No es simple tolerancia a las adversidades o acompañamiento fatalista a la adversidad. La paciencia no es signo de debilidad: la fortaleza nos hace capaces de soportar el peso de los problemas personales y comunitarios, nos transporta a acoger la variedad del resto, nos hace perseverar en realizar el bien incluso en el momento en que todo semeja fútil, nos estimula. caminar aun cuando nos asalte el aburrimiento y la pereza.

Me agradaría indicar tres “sitios” donde se realiza la paciencia.

La primera es nuestra vida personal. Un día respondimos a la llamada del Señor, ofreciéndonos a Él con entusiasmo y generosidad. En el sendero, además de los consuelos, asimismo tuvimos decepciones y fracasos. En ocasiones el resultado esperado no coincide con el entusiasmo de nuestro trabajo; semeja que nuestra siembra no da los frutos esperados, el fervor de la oración disminuye y ya no nos sentimos inmunes a la aridez espiritual.

Puede ocurrir, en nuestra vida de consagrados, que la promesa se desvanezca por las esperanzas frustradas. Debemos ser pacientes con nosotros mismos y esperar, confiados, los tiempos y los caminos de Dios: Él es fiel a sus promesas. Rememorar esto nos permite repensar nuestros caminos y revitalizar nuestros sueños, sin ceder a la tristeza y al desánimo interior.

Queridos hermanos y hermanas, la tristeza interior en nosotros consagrados es como un gusano que nos come por la parte interior. Escapar de la tristeza interior.

El segundo rincón donde se efectúa la paciencia: la vida comunitaria. Las relaciones humanas, singularmente cuando se trata de comunicar un proyecto de vida y una actividad apostólica, no siempre son pacíficas, como todos entendemos. A veces surgen conflictos y no se puede reclamar una solución inmediata, ni se debe evaluar precipitadamente a la persona o la situación: hay que saber ofrecer tiempo, tratar de no perder la paz, esperar el mejor momento para una aclaración en la caridad y la realidad. .

No te dejes confundir por las tormentas. En la lectura del breviario había un óptimo fragmento sobre el discernimiento espiritual, y decía esto: “En el momento en que el mar está agitado, no puedes observar los peces, pero cuando el mar está en tranquilidad, puedes observar”. Nunca podremos realizar un buen discernimiento, ver la realidad, si nuestro corazón está alterado, impaciente. Nunca.

En nuestras comunidades se necesita esta paciencia recíproca: soportar, es decir, llevar sobre los hombros la vida de un hermano o hermana, incluidas sus debilidades y defectos. Recordemos esto: el Señor no nos llama a ser solistas, somos muchos en la Iglesia, lo entendemos. No, no nos llama a ser solistas, sino a ser parte de un coro, que a veces desafina, pero que siempre y en todo momento debe intentar cantar juntos.

Finalmente, el tercer “rincón”, paciencia con el planeta. Simeón y Ana cultivan en su corazón la promesa anunciada por los profetas, aunque tarde en efectuarse y se expanda de manera lenta en la mitad de las infidelidades y ruinas de todo el mundo. No claman con lo que está mal, sino que esperan pacientemente la luz en la obscuridad de la historia. Aguardando la luz en la oscuridad de la historia. Aguardando la luz en la oscuridad de nuestra comunidad.

Necesitamos esta paciencia, para no quedar prisioneros de los lamentos. Algunos son maestros del desafío, son doctores del desafío, son buenísimos para el duelo. No, el lamento aprisiona: “el planeta ya no nos escucha”, “ya ​​no disponemos vocaciones”, “vivimos tiempos difíciles”… Y de esta manera comienza este dúo de lamentaciones. A veces pasa que, a la paciencia con que Dios trabaja la tierra de la historia y de nuestro corazón, oponemos la impaciencia de quien evalúa todo instantaneamente. Ahora o jamás. Y así perdemos la esperanza: la promesa. He visto tantas mujeres consagradas que pierden la esperanza. Simplemente por impaciencia.

La paciencia nos asiste a mirar con clemencia a nosotros, a nuestras comunidades y al mundo. Podemos cuestionarnos: ¿Aceptamos la paciencia del Espíritu en nuestra vida? En nuestras comunidades, ¿nos llevamos sobre los hombros y mostramos la alegría de la vida fraterna?

Y, con el mundo, ¿hacemos nuestro servicio con paciencia o juzgamos con dureza? Son retos para nuestra vida consagrada: no podemos quedarnos estancados en la nostalgia del pasado, ni limitarnos a repetir constantemente las mismas cosas. Necesitamos paciencia valeroso para caminar, explorar nuevos caminos, buscar lo que el Espíritu Santurrón nos recomienda. Esto se hace con humildad, con facilidad, sin mucha propaganda, sin mucha publicidad.

Contemplemos la paciencia de Dios y también imploremos la paciencia confiada de Simeón, para que también nuestros ojos vean la luz de la Salvación y la lleven a todo el mundo.

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