Discurso del Papa Francisco al Cuerpo Diplomático ante San

Vaticano, 08 de febrero. 21/08:26 am (ACI).- El Papa Francisco recibió el 8 de febrero al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede en el Salón de Bendiciones del Vaticano para la tradicional audiencia de forma anual.

Durante su largo alegato, el Santurrón Padre contó cinco crisis actuales provocadas por la Covid-19 que son la sanitaria, la ambiental, la económica y popular, la política y la de las relaciones humanas. Asimismo, logró un llamado a la paz en distintas regiones del mundo.

“El año 2021 es un instante que no debe perderse; y no se perderá en la medida en que sepamos ayudar con generosidad y deber. En este sentido, creo que la fraternidad es el verdadero antídoto para la pandemia y los incontables males que nos han golpeado. La fraternidad y la esperanza son medicinas que el mundo necesita hoy tanto como las vacunas”, ha dicho el Papa.

Ahora, el texto terminado del discurso pronunciado por el Papa Francisco:

¡Excelencias, señoras y señores!

Agradezco al Decano, Sr. George Poulides, Embajador de Chipre, las amables expresiones y los buenos deseos que expresó en nombre de todos ustedes y quiero, primeramente, excusarme por las afecciones que la cancelación de la asamblea que se encontraba programado puede haberte causado el 25 de enero. Gracias por vuestra comprensión y paciencia y por haber recibido la convidación, a pesar de las adversidades, de venir esta mañana a nuestro tradicional encuentro.

Lo hacemos en el marco más espacioso de esta Salón de Bendiciones, para respetar la exigencia de mayor distanciamiento personal a la que nos obliga la pandemia. Pero la distancia es sólo física. Más bien, dado que nos encontremos representa lo opuesto: es un signo de proximidad, de esa proximidad y acompañamiento mutuo al que debe aspirar la familia de las naciones. En este tiempo de pandemia, este es un deber aún más apremiante, puesto que está claro para todos que el virus no conoce barreras y es imposible aislar fácilmente. Por lo tanto, derrotarlo es una compromiso que contamos cada uno de nosotros en lo personal, tal como nuestros países.

De ahí mi agradecimiento a todos vosotros por el esfuerzo que realizáis a diario para favorecer las relaciones entre vuestros países o las organizaciones internacionales que representáis y la Santa Sede. Son numerosos los testimonios de proximidad recíproca que hemos podido intercambiar a lo largo de estos meses, gracias asimismo al empleo de las nuevas tecnologías, que han permitido sobrepasar las restricciones provocadas por la pandemia.

Indudablemente, todos aspiramos a retomar el contacto presencial lo antes posible, y nuestro encuentro de hoy quiere ser un óptimo augurio en ese sentido. Asimismo, es mi deseo retomar próximamente mis viajes apostólicos, comenzando por Irak previsto para el próximo mes de marzo. De hecho, semejantes viajes son un aspecto esencial de la preocupación del Sustituto de Pedro por el Pueblo de Dios en el mundo entero, tal como del diálogo de la Santa Sede con los Estados. Además de esto, con frecuencia resultan ser una ocasión favorable, en un espíritu de comunicar y de diálogo, para profundizar la relación entre las diferentes religiones. En nuestro tiempo, el diálogo interreligioso es un ingrediente esencial en el acercamiento entre pueblos y culturas. En el momento en que se interpreta no como una renuncia a nuestra identidad, sino como una oportunidad de mayor conocimiento y enriquecimiento mutuo, forma una oportunidad para los líderes religiosos y para los leales de las distintas confesiones y puede apoyar el trabajo de los líderes políticos en su compromiso. para construir el bien común. .

Igualmente importantes son los acuerdos de todo el mundo, que permiten reforzar los lazos de seguridad mutua y dejan a la Iglesia cooperar más eficazmente para el bienestar espiritual y popular de nuestros países. En esta visión, me gustaría mencionar aquí el trueque de instrumentos de ratificación del Acuerdo Marco entre la Santa Sede y la República Democrática del Congo y el Acuerdo sobre el Estatuto Jurídico de la Iglesia Católica en Burkina Faso, así como la firma entre la Santa Sede y la República Austriaca del VII Acuerdo Agregada al Convenio para la Regulación de las Relaciones Patrimoniales, de 23 de junio de 1960. Además, el pasado 22 de octubre, la Santa Sede y la República Popular China acordaron prorrogar, por otro dos años, la vigencia del Acuerdo Provisional sobre el ascenso de Obispos en China, firmado en Beijing en 2018. Hablamos de un entendimiento de carácter esencialmente pastoral y la Santa Sede espera que se siga el sendero paseo, en un espíritu de respeto y confianza mutua, contribuyendo aún mucho más a la solución de inconvenientes de interés común.

¡Estimados embajadores!

El año que termina de terminar dejó una estela de miedo, malestar y desesperación, junto con varios duelos. Puso a las personas en una espiral de separación y sospecha recíproca, e incitó a los estados a erigir barreras. El planeta interconectado al que estábamos familiarizados dió paso nuevamente a un planeta fragmentado y dividido. Sin embargo, las repercusiones de la pandemia son realmente globales, tanto por el hecho de que implica realmente a toda la humanidad y a los países de todo el mundo, como pues afecta muchos aspectos de nuestras vidas, contribuyendo a “recrudecer fuertemente otras crisis interrelacionadas como la climática, alimentaria, económica”. y migratorios”.[1] A la luz de esta cuenta, creí oportuno dar la vida a la Comisión Covid-19 del Vaticano, con la meta de coordinar la contestación de la Santa Sede y de la Iglesia a las solicitudes que vienen de las diócesis de todo el planeta para combatir la emergencia sanitaria y las necesidades que trajo la pandemia.

De hecho, desde un inicio estaba claro que la pandemia tendría un encontronazo destacable en el modo de vida al que estábamos acostumbrados, restando comodidades y certidumbres afianzadas. Nos puso en crisis, mostrándonos el rostro de un mundo enfermo no solo por el virus, sino también en el medio ambiente, en los procesos económicos y políticos, y mucho más aún en las relaciones humanas. Resaltó los riesgos y las secuelas de una manera de vida dominada por el egoísmo y la cultura del descarte, y nos propuso una alternativa: proseguir por el camino recorrido o arrancar un nuevo camino.

Por este motivo, quisiese detenerme en ciertas crisis provocadas o puestas de manifiesto por la pandemia, contemplando al tiempo las ocasiones que de ellas se derivan para construir un mundo más humano, justo, solidario y pacífico.

crisis de salud

La pandemia nos ha enfrentado fuertemente con 2 dimensiones inevitables de la presencia humana: la enfermedad y la desaparición. Por esta razón, recuerda el valor de la vida, de toda vida humana y de su dignidad, en todos y cada momento de su camino terrenal, desde la concepción en el seno materno hasta su término natural. Lamentablemente, es lamentable constatar que, bajo el motivo de garantizar teóricos derechos subjetivos, un número creciente de leyes en el planeta se distancian del deber esencial de proteger la vida humana en cada una de sus etapas.

La pandemia nos recuerda también el derecho al cuidado, que todo humano tiene, como asimismo resalté en el Mensaje para la Día Mundial de la Paz, celebrada el pasado 1 de enero: “cada persona humana es un fin en sí, y nunca un mero instrumento a valorar únicamente en función de su herramienta. Fue creado para vivir juntos en la familia, en la red social, en la sociedad, donde todos y cada uno de los integrantes son iguales en dignidad. Y de esta dignidad derivan los derechos humanos, tal como los deberes, que recuerdan, por ejemplo, la compromiso de acoger y ayudar a los pobres, a los enfermos, a los marginados».[2] Si se suprime el derecho a la vida de los más débiles, ¿cómo se pueden garantizar ciertamente todos los otros derechos?

En esta visión, renuevo mi llamamiento para que a cada individuo humana se le ofrezca el precaución y la asistencia que precisa. Para ello, es fundamental que todos aquellos con responsabilidades políticas y de gobierno se esfuercen por favorecer, en primer lugar, el acceso universal a la atención básica de la salud, promoviendo asimismo la creación de puestos médicos locales y construcciones sanitarias adecuadas a las necesidades reales de la población, tal como la disponibilidad de terapias y fármacos. En verdad, la lógica de la ganancia no puede asesorar un campo tan especial como el de la atención y el régimen de la salud.

Asimismo es esencial que el destacable progreso médico y científico efectuado durante los años, que permitió sintetizar vacunas que se espera sean eficientes contra el coronavirus en un tiempo reducido, beneficie a toda la humanidad. En consecuencia, insto a todos y cada uno de los Estados a contribuir activamente a las iniciativas de todo el mundo destinadas a asegurar una distribución equitativa de las vacunas, no según criterios puramente económicos, sino más bien sabiendo las pretensiones de todos, especialmente de las ciudades más necesitadas.

En todo caso, ante la presencia de un enemigo furtivo e impredecible como el Covid-19, la posibilidad real de acceder a las vacunas siempre y en todo momento debe ir acompañada de hábitos personal responsable, con la intención de evitar la propagación de la patología, mediante las primordiales medidas precautorias a las que nos hemos habituado en estos días. Sería mortal confiar únicamente en la vacuna, tal y como si fuera una panacea que libera al sujeto del esfuerzo incesante en favor de su salud y la del resto. La pandemia nos ha demostrado que nadie es una isla, evocando la célebre expresión del poeta inglés John Donne, y que “la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la raza humana”.[3]

crisis ambiental

No solo los humanos están enfermos, nuestra Tierra asimismo. La pandemia nos demostró una vez más lo frágil y necesitada de cuidados que es.

Ciertamente hay profundas diferencias entre la crisis sanitaria causada por la pandemia y la crisis ecológica provocada por la explotación indiscriminada de los recursos naturales. El segundo tiene una dimensión considerablemente más compleja y permanente, y necesita resoluciones compartidas a largo plazo. Por ejemplo, los impactos del cambio climático, así sean directos, como los fenómenos meteorológicos extremos, como crecidas de agua y sequías, o indirectos, como la desnutrición y las enfermedades respiratorias, con frecuencia están cargados de secuelas que persisten durante bastante tiempo.

Resolver estas crisis necesita de la colaboración internacional para cuidar nuestra casa común. Por tanto, espero que la próxima Charla del Tiempo de las ONU (COP26), sosprechada para el próximo noviembre en Glasgow, permita hallar un acuerdo efectivo para llevar a cabo en frente de las consecuencias del cambio climático. Este es el instante de actuar, en tanto que los efectos de la inacción prolongada son ya palpables.

Pienso, por poner un ejemplo, en las consecuencias en las muchas islas pequeñas del Océano Pacífico que corren el riesgo de desaparecer gradualmente. Es una tragedia que no solo provoca la destrucción de pueblos enteros, sino que ordena a las comunidades locales, y sobre todo a las familias, a mudarse de forma continua, perdiendo identidad y cultura. Pienso asimismo en las crecidas de agua del sudeste asiático, especialmente en Vietnam y Filipinas, que se cobraron víctimas y dejaron a familias enteras sin medios de subsistencia. Tampoco se puede silenciar el progresivo calentamiento de la Tierra, que ha causado devastadores incendios en Australia y California.

Y el cambio climático, agravado por las intervenciones humanas imprudentes y en este momento por la pandemia, también es fundamento de enorme preocupación en África. Me refiero, primeramente, a la inseguridad alimentaria que, durante el último año, afectó en especial a Burkina Faso, Malí y Níger, con miles de individuos pasando hambre; tal como la situación en Sudán del Sur, donde existe peligro de hambruna y donde persiste una grave urgencia humanitaria: más de un millón de pequeños padecen escasez de alimentos, al paso que los corredores humanitarios acostumbran a estar obstruidos y la existencia de agencias humanitarias en el país es un territorio con limite. Para llevar a cabo en frente de esta situación, es asimismo muy urgente que las autoridades de Sudán del Sur superen los malentendidos y persistan en el diálogo político para una plena reconciliación nacional.

crisis economica y social

El propósito de contener el coronavirus llevó a varios gobiernos a adoptar medidas restrictivas de la libre circulación, lo que implicó, durante múltiples meses, el cierre de establecimientos comerciales y la ralentización generalizada de las ocupaciones productivas, con graves consecuencias para las compañías, especialmente las medianas y pequeñas, en el empleo. y, en consecuencia, en la vida de las familias y de campos enteros de la sociedad, en especial de los más débiles.

La crisis económica resultante puso de relieve otra condición morbosa que afecta a nuestro tiempo: la de una economía fundamentada en la explotación y predisposición tanto de la gente como de los recursos naturales. Con demasiada continuidad se ha olvidado la solidaridad y los demás valores que dejan que la economía esté al servicio del desarrollo humano integral y no de los intereses particulares, y se ha perdido de vista el valor popular de la actividad económica y el destino universal de los recursos y recursos.

Así, la crisis de hoy es la ocasión favorece para repensar la relación entre persona y economía. Se precisa una especie de «nueva revolución copernicana», que ponga nuevamente la economía al servicio del hombre y no al revés, empezando a «estudiar y poner en práctica una economía diferente, que da vida y no aniquila, incluye y no excluye, humaniza y no deshumaniza, protege la creación y no la devasta».[4]

Para llevar a cabo frente a las secuelas negativas de esta crisis, numerosos gobiernos han sosprechado diversas iniciativas y la asignación de una gran financiación. No raras veces, no obstante, prevaleció la presión por buscar soluciones particulares a un inconveniente que, por contra, tiene dimensiones globales. En todo instante, pero menos el día de hoy, es imposible meditar en actuar solo. Se precisan iniciativas comunes y compartidas, incluso internacionalmente, más que nada para respaldar el empleo y proteger a los sectores mucho más pobres de la población. En esta visión, considero significativo el compromiso de la Unión Europea y sus Estados integrantes que, a pesar de las adversidades, supieron probar que es posible trabajar duro para lograr compromisos satisfactorios en beneficio de todos los ciudadanos. El presupuesto propuesto para el plan Próxima Generación de la UE representa un ejemplo significativo de de qué forma la colaboración y el intercambio de elementos en un espíritu de solidaridad no solo son objetivos deseables, sino asimismo accesibles.

En muchas unas partes del planeta, la crisis afectó singularmente a los trabajadores de los campos autónomos, los primeros en ver desaparecer sus medios de subsistencia. Al vivir fuera de los márgenes de la economía formal, no tenían acceso a los amortiguadores sociales, incluidos las ventajas por desempleo y la atención médica. De esta manera, llevados por la desesperación, muchos procuraron otras formas de capital, exponiéndose a ser explotados a través del trabajo ilegal o forzado, la prostitución y distintas ocupaciones delictivas, incluida la trata de personas.

No obstante, todo humano tiene un derecho -tiene un derecho- y debe poder obtener “los recursos correspondientes a un nivel de vida digno”.[5] De hecho, es necesario garantizar la seguridad económica a todos para evitar los flagelos de la explotación y batallar la usura y la corrupción, que aquejan a numerosos países del mundo, y otras tantas injusticias que se consuman cada día frente a los ojos cansados ​​y distraídos de nuestros contemporáneos. sociedad.

El aumento del tiempo que se pasa en la vivienda también lo ha hecho alienante por períodos mucho más prolongados en frente de las computadoras y otros medios de comunicación, con graves repercusiones en las personas mucho más vulnerables, especialmente los pobres y los desempleados. Son presa más fácil de los delitos informáticos –ciberdelincuencia– en sus puntos más deshumanizantes, desde el fraude hasta la trata de personas, la explotación de la prostitución, incluso de inferiores, así como la pornografía infantil.

El cierre de fronteras por la pandemia, junto con la crisis económica, asimismo ha acentuado múltiples emergencias humanitarias, tanto en zonas de conflicto como en zonas perjudicadas por el cambio climático y la sequía, así como en campamentos de refugiados y migrantes. Pienso en particular en Sudán, donde miles de personas han huido de la región de Tigray, tal como en otros países del África subsahariana, o en la región de Cabo Angosto en Mozambique, donde tantas personas se han visto obligadas a dejar su tierra natal y se encuentran ahora en muy malas condiciones. Pienso asimismo en Yemen y en la querida Siria, donde, además de otras graves urgencias, la inseguridad alimenticia aqueja a una gran parte de la población y los pequeños están agotados por la desnutrición.

En varios casos, las crisis humanitarias se ven agravadas por sanciones económicas que, en la mayoría de los casos, terminan repercutiendo primordialmente en los campos mucho más enclenques de la población, y no en los líderes políticos. De ahí que, aun entendiendo la lógica de las sanciones, la Santa Sede no ve su efectividad y espera su mitigación, incluso para favorecer el flujo de asistencia humanitaria, empezando por medicamentos e instrumentos sanitarios, sumamente necesarios en este tiempo de pandemia.

Esperemos esta situación por la que atravesamos sirva también de estímulo para perdonar o, por lo menos, achicar la deuda que pesa sobre los países mucho más pobres, impidiendo efectivamente su restauración y pleno desarrollo.

El año pasado también se registró un nuevo incremento de migrantes, quienes, debido al cierre de fronteras, tuvieron que recurrir a sendas poco a poco más peligrosas. No obstante, esta afluencia masiva se encaró a un aumento en el número de rechazos ilegales, de forma frecuente implementados para evitar que los migrantes solicitaran asilo, en violación del principio de no devolución. Varios son detenidos y repatriados, terminando en campos de acopio y detención, donde padecen torturas y violaciones de derechos humanos. humanos, cuando no hallan la desaparición al cruzar mares y otras fronteras naturales.

Los corredores humanitarios, implementados en los últimos años, ciertamente contribuyen a abordar ciertos de estos inconvenientes, salvando muchas vidas. Sin embargo, la intensidad de la crisis hace cada vez más urgente abordar las causas profundas que empujan a la gente a migrar, y requiere asimismo un esfuerzo grupo para respaldar a los primeros países de acogida, que aceptan la obligación ética de socorrer vidas humanas. A propósito, se estima con interés la negociación del Nuevo Pacto sobre Migración y Asilo de la Unión Europea, si bien se advierte que las políticas y mecanismos específicos solo van a funcionar si se sustentan en la necesaria intención política y el compromiso de todas y cada una de las partes involucradas, incluida la sociedad civil y la los propios migrantes.

La Santa Sede acoge con aprecio todos y cada uno de los esfuerzos completados a favor de los migrantes y apoya el compromiso de la Organización En todo el mundo para las Migraciones (OIM) – este año se cumple el septuagésimo aniversario de su fundación –, en pleno respeto de los valores expresados ​​en su Constitución y la cultura de los Estados Miembros donde trabaja la Organización. Asimismo, la Santa Sede, como integrante del Comité Ejecutivo del Prominente Comisionado de las Naciones Unidas para los Asilados (ACNUR), se mantiene fiel a los principios elaborados en la Convención de Ginebra de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados y el Protocolo de 1967, que establecen la definición legal de refugiado, sus derechos y asimismo la obligación legal que tienen los Estados de resguardarlos.

Desde la Segunda Guerra Mundial, el mundo no había visto un incremento tan dramático en el número de refugiados como el que observamos el día de hoy. Por lo tanto, es urgente actualizar el compromiso de protegerlos, así como a los apartados internos y a todas y cada una la gente atacables obligadas a escapar de la persecución, la crueldad, los conflictos y la guerra. En este sentido, a pesar de los esenciales esfuerzos realizados por Naciones Unidas en la búsqueda de soluciones y proposiciones específicas para emprender de manera coherente el inconveniente del movimiento forzado, la Santa Sede expresa su preocupación por la situación de la gente desplazadas en diversas partes del mundo. Me refiero, primeramente, a la región central del Sahel, donde, en menos de un par de años, el número de alejados internos se ha multiplicado por veinte.

crisis política

Las situaciones críticas que he citado hasta la actualidad ponen de manifiesto una crisis mucho más profunda, que en cierta manera está en la raíz de las demás y cuyo dramatismo puso de relieve precisamente la pandemia. Es la crisis de la política, que se hace sentir en muchas sociedades desde hace cierto tiempo y cuyos efectos destructores se dieron a conocer durante la pandemia.

Entre los componentes emblemáticos de esta crisis es el aumento de la oposición política y la dificultad, si no la incapacidad, de buscar resoluciones comunes y compartidas a los problemas que aquejan a nuestro planeta. Es una tendencia que se aprecia ya hace un buen tiempo y se está propagando poco a poco más, aun en países con una vieja tradición democrática. Mantener vivas las realidades democráticas es un desafío de este instante histórico,[6] que toca de cerca a todos los Estados, así sean pequeños o grandes, económicamente avanzados o en proceso de desarrollo. En estos días, mi pensamiento se dirige en particular al pueblo de Myanmar, al que expreso mi estima y solidaridad. El sendero hacia la democracia emprendido en los últimos años fue ásperamente interrumpido por el golpe de estado de la semana pasada. Exactamente el mismo derivó en la detención de varios mandatarios políticos, quienes espero sean próximamente liberados como exhibe de aliento al diálogo sincero por el bien del país.

Además de esto, como decía Pío XII en su memorable Radiomensaje de Navidad de 1944, “expresar su opinión sobre los deberes y sacrificios que se le imponen y no ser obligado a obedecer sin ser oído: son 2 derechos del ciudadano, que se encuentran en la democracia – como su nombre lo indica – su expresión”.[7] La democracia se basa en el respeto mutuo, en la oportunidad de que todos contribuyan al bien de la sociedad y en la cuenta de que las opiniones distintas no sólo no dañan el poder y la seguridad de los Estados, sino, en un combate honesto, se enriquecen mutuamente y permiten hallar las resoluciones más correctas a los inconvenientes que se deben afrontar. El desarrollo democrático necesita que se siga un sendero de diálogo inclusivo, pacífico, constructivo y respetuoso entre todos los elementos de la sociedad civil en todos y cada localidad y nación. Los acontecimientos que de Oriente a Occidente, de diferentes maneras y en diferentes contextos, marcaron el último año, incluso -repito- en países de larga tradición democrática, muestran cuán ineludible es este desafío y de qué forma no podemos sustraernos a la ética y obligación popular de encararlo con actitud efectiva. El avance de una conciencia democrática requiere que se superen las personalidades y predomine el respeto por el estado de derecho. De hecho, la ley es el requisito previo importante para el ejercicio de todo poder y debe ser garantizada por los órganos competentes, independientemente de los intereses políticos dominantes.

Tristemente, la crisis de la política y los valores democráticos asimismo se siente internacionalmente, con consecuencias en todo el sistema multilateral y la consecuencia visible de Organizaciones diseñadas para beneficiar la paz y el desarrollo -fundamentadas en el derecho y no en el “derecho .de los mucho más fuertes»-, ven comprometida su efectividad. Sin duda, es imposible esconder que el sistema multilateral asimismo ha tenido algunas restricciones en los últimos tiempos. La pandemia es una ocasión que no debe desaprovecharse para meditar y también implementar reformas orgánicas, para que los organismos internacionales redescubran su vocación esencial de servicio a la familia humana para preservar la vida de todas la gente y la paz.

Entre los signos de la crisis política es exactamente la renuencia que acostumbra observarse en el momento en que se emprenden caminos reformistas. No se debe tener miedo a las reformas, aunque requieran sacrificios y, no pocas veces, un cambio de forma de pensar. Todo cuerpo vivo precisa una renovación continua, y las reformas en curso en la Santa Sede y en la Curia romana asimismo pertenecen a esta visión.

En cualquier caso, no faltan señales alentadoras, como la entrada en vigor, hace unos días, del Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares, tal como la prórroga por otros cinco años del Nuevo Tratado para la Reducción de Armas Estratégicas (el llamado Nuevo START) entre la Federación Rusa y los Estados Unidos de América. Además, como reiteré en la última encíclica Fratelli tutti, “si tomamos en cuenta las primordiales amenazas a la paz y la seguridad en sus múltiples dimensiones en este mundo multipolar del siglo XXI, (…) surgen muchas dudas sobre la insuficiencia de la disuasión nuclear para contestar de manera eficaz a tales retos».[8] De hecho, “un equilibrio apoyado en el temor no es sostenible, cuando de todos modos tiende a aumentar el miedo y amenazar las relaciones de confianza entre los pueblos”.[9]

Este esfuerzo en el campo del desarme y la no proliferación de armas nucleares, que, a pesar de las adversidades y renuencias, debe acentuarse, asimismo debe hacerse en lo que respecta a las armas químicas y convencionales. ¡En el mundo, hay demasiadas armas! «La justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana –afirmaba San Juan XXIII en 1963– requieren rigurosamente que se detenga esta carrera por el poder militar, que se reduzca por un lado y por otro el material bélico, instalado en múltiples naciones , simultáneamente”.[10] Y mientras que, con el enjambre de las armas, aumenta la violencia a todos los niveles y vemos a nuestro alrededor un mundo desgarrado por guerras y divisiones, sentimos crecer cada vez más la demanda de paz, de una paz que “no sea solo la sepa de guerra, pero es una vida rica en sentido, construida y vivida en la realización personal y en el compartir fraterno con los demás».[11]

¡De qué forma me agradaría que 2021 fuera el año en el que se acaba la palabra en el conflicto sirio, que comenzó hace diez años! A fin de que esto suceda, se necesita asimismo un nuevo interés por la parte de la comunidad internacional para enfrentar, sinceramente y valentía, las causas del conflicto y buscar resoluciones a través de las que todos, con independencia de su pertenencia étnica y religiosa, puedan contribuir como ciudadanos. al futuro del país.

Mis mejores deseos de paz se dirigen por supuesto a Tierra Santa. La confianza recíproca entre israelíes y palestinos debe ser la base de un diálogo directo renovado y decidido entre las Partes para solucionar un enfrentamiento que ha durado bastante tiempo. Invito a la comunidad en todo el mundo a apoyar y hacer más simple este diálogo directo, sin la intención de dictar soluciones cuyo horizonte no sea el bien de todos. Tanto los palestinos como los israelíes tienen, estoy seguro, el deseo de poder vivir en paz.

Asimismo espero un esfuerzo renovado política nacional y también en todo el mundo para beneficiar la estabilidad de Líbano, que atraviesa una crisis interna y corre el riesgo de perder su identidad y verse aún más envuelto en tensiones regionales. Hay una enorme necesidad de que el país sostenga su identidad única, también para asegurar un Medio Oriente plural, condescendiente y diverso, en el que la presencia cristiana logre ofrecer su contribución y no reducirse a una minoría que debe ser protegida. Los cristianos forman el tejido histórico y popular del Líbano y, mediante sus varias proyectos de caridad educativa, sanitaria y popular, se les debe asegurar la oportunidad de proseguir haciendo un trabajo por el bien del país del que fueron creadores. Debilitar la comunidad cristiana corre el riesgo de destruir la estabilidad interno y nuestra realidad libanesa. Y, en esta perspectiva, asimismo hay que afrontar la presencia de asilados sirios y palestinos. Además, sin un desarrollo urgente de restauración y reconstrucción económica, el país corre el riesgo de la quiebra, con la viable consecuencia de peligrosas derivas fundamentalistas. Por ello, es requisito que todos y cada uno de los líderes políticos y religiosos, sin tener en cuenta sus intereses, se esmeren por buscar la justicia e implementar verdaderas reformas en bien de los ciudadanos, actuando con transparencia y asumiendo la responsabilidad de sus actos.

Prosigo deseando la paz para Libia, que se vió desgarrada por un largo enfrentamiento, con la promesa de que el reciente “Foro de Diálogo Político Libio”, festejado en Túnez el pasado mes de noviembre bajo los auspicios de las Naciones Unidas, deje ciertamente el comienzo de el anhelado proceso de reconciliación del país.

Y otras áreas del mundo asimismo son motivo de preocupación. Me refiero, en primer lugar, a las tensiones políticas y sociales en la República Centroafricana, así como a las que afectan a América Latina generalmente, cuyas raíces se encuentran en profundas desigualdades, injusticias y pobreza, que atentan contra la dignidad de la gente. Además, prosigo con especial preocupación el deterioro de las relaciones en la Península de Corea, que culminó con la destrucción de la oficina de link intercoreana en Kaesong; y asimismo la situación en el Cáucaso Sur, donde prosiguen congelados múltiples enfrentamientos, varios de los cuales se han recrudecido durante el último año, que intimidan la estabilidad y seguridad de toda la zona.

Por último, no puedo olvidar otro grave flagelo de nuestro tiempo: el terrorismo, que anualmente cosecha numerosas víctimas entre la población civil indefensa de todo el mundo. Es un mal que viene creciendo desde los años setenta del pasado siglo y tuvo un instante culminante en los atentados que azotaron a los USA de América el 11 de septiembre de 2001, matando a prácticamente tres mil personas. Tristemente, el número de asaltos se ha acentuado en los últimos veinte años, llegando a múltiples países de todos los continentes. Me refiero en particular al terrorismo que golpea más que nada en el África subsahariana, pero asimismo en Asia y Europa. Pienso en todas las víctimas y sus familias, que vieron a sus conocidos cercanos arrebatados por una crueldad ciega, alentada por distorsiones ideológicas de la religión. En verdad, con frecuencia, los objetivos de tales ataques son precisamente los lugares de culto, donde los fieles se reúnen en oración. A propósito, me agradaría señalar que la protección de los sitios de culto es una consecuencia directa de la defensa de la libertad de pensamiento, conciencia y religión, siendo un deber de las autoridades civiles, con independencia de su color político y filiación religiosa.

¡Excelencias, señoras y señores!

Estoy a puntito de finalizar mis comentarios, pero aún deseo detenerme en una última crisis, que es quizás la mucho más grave de todas: la crisis de las relaciones humanas, expresión de una crisis antropológica general, que debe ver con la concepción misma de la persona humana y de su dignidad trascendente.

La pandemia, que nos ha obligado a largos meses de aislamiento y muchas veces de soledad, ha puesto de manifiesto la necesidad de relaciones humanas que tiene toda persona. Pienso, en primer lugar, en los alumnos que no pudieron asistir de forma regular a la escuela oa la facultad. «Hubo un esfuerzo por todos lados para implementar una respuesta rápida por medio de plataformas educativas informáticas, lo que patentizó no únicamente una marcada disparidad en las ocasiones educativas y tecnológicas, sino más bien asimismo dado que varios niños, pequeñas y jovenes, por el confinamiento y otras faltas previas, habían sufrido retrasos. en el desarrollo habitual de avance pedagógico”.[12] Además de esto, el incremento de la educación a distancia también implicó una mayor dependencia de los pequeños, niñas y jovenes de internet y, por norma general, de las formas virtuales de comunicación, haciéndolos más vulnerables y expuestos a actividades delictivas en internet.

Asistimos a una especie de “catástrofe educativa”. Reitero: asistimos a una suerte de “catástrofe didáctica”, ante la cual no podemos quedarnos inertes; lo exige el bien de las generaciones futuras y de la sociedad en su grupo. «Hoy necesitamos una temporada renovada de compromiso educativo, que involucre a todos los elementos de la sociedad»,[13] ya que la educación es “el antídoto natural de la cultura individualista, que en ocasiones decae en un auténtico culto al “ego” ahora la primacía de la indiferencia. Nuestro futuro no puede ser el de la división, el empobrecimiento de las facultades de pensamiento y también imaginación, de escucha, de diálogo y de comprensión recíproca».[14]

No obstante, los largos periodos de confinamiento asimismo nos permitieron pasar más tiempo con nuestra familia. Para bastantes, fue un momento esencial para redescubrir las relaciones más apreciadas. De hecho, el matrimonio y la familia “constituyen uno de los bienes mucho más preciados de la raza humana”[15] y la cuna de toda la sociedad civil. El gran Papa San Juan Pablo II, cuyo centenario festejamos el año pasado, en su hermosa enseñanza sobre la familia recordaba: “Frente a la dimensión global que hoy caracteriza los distintos inconvenientes sociales, la familia ve la ampliación de su deber hacia el desarrollo de la sociedad” y la realiza principalmente “ofertando a sus hijos un modelo de vida apoyado en los valores de la realidad, la libertad, la justicia y el cariño”.[16] Pero no todos lograron vivir en paz en su hogar, y algunas convivencias degeneraron en violencia doméstica. Insto a todos, autoridades públicas y sociedad civil, a respaldar a las víctimas de violencia familiar; entendemos que, tristemente, son las mujeres, a menudo adjuntado con sus hijos, quienes pagan el valor mucho más prominente.

Las demandas, que tenían como propósito contener la propagación del virus, también extendieron sus ramificaciones a varias libertades fundamentales, incluyendo la independencia religiosa, con la limitación del culto y las ocupaciones educativas y sociocaritativas de las comunidades religiosas. Es requisito, no obstante, no pasar por prominente la dimensión religiosa, en tanto que forma un aspecto fundamental de la personalidad humana y de la sociedad, que no puede ser olvidado. Pues, a pesar de buscar resguardar la vida humana de la propagación del virus, no se puede considerar la dimensión espiritual y moral de la persona como secundaria a la salud física.

Además de esto, la libertad de culto no constituye un corolario de la libertad de reunión, sino deriva esencialmente del derecho a la independencia religiosa, que es un derecho humano primario y primordial. De ahí que es requisito que sea reconocida, cuidada y protegida por las autoridades civiles, como la salud y la integridad física. De hecho, el buen precaución del cuerpo jamás puede prescindir del precaución del alma.

Al escribir a Cangrande de ella Scala, Dante Alighieri resalta el objetivo de su Comedia: “sacar del estado de miseria a quienes viven esta vida y conducirlas a un estado de felicidad”.[17] Lo mismo, aunque con funciones y en distintas esferas, es también deber de las autoridades tanto religiosas como civiles. La crisis de las relaciones humanas y, consecuentemente, el resto crisis mencionadas solo tienen la posibilidad de superarse salvaguardando la dignidad trascendente de toda persona humana, construída a imagen y semejanza de Dios.

Y con este recuerdo del gran poeta florentino, cuyo séptimo centenario de su muerte se cumple este año, quisiera dirigir asimismo un saludo particular al pueblo italiano, que fue el primero en Europa en tener que enfrentar las graves consecuencias de la pandemia, instándolos a no permitir que las adversidades actuales los depriman, sino a trabajar juntos para construir una sociedad donde nadie sea descartado u olvidado.

¡Estimados embajadores!

El año 2021 es un instante que no debe perderse; y no se perderá en la medida en que sepamos colaborar con generosidad y deber. En este sentido, creo que la fraternidad es el auténtico remedio para la pandemia y los innumerables males que nos han golpeado. La fraternidad y la promesa son la medicina que el planeta precisa el día de hoy tanto como las vacunas.

Sobre cada uno de ustedes y el nuestros países, invoco abundantes dones divinos, con la promesa de que este año sea propicio para profundizar los lazos de fraternidad que unen a toda la familia humana.

¡Gracias!

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