IGLESIA

¿Cuál es el significado del sacerdocio católico?

Foto: Luciney Martins/O SÃO PAULO

“Todo supremo pontifice, escogido de entre los hombres, se forma en pos de los hombres en las cosas que conciernen a Dios”. Estas palabras de la Carta a los Hebreos (5,1) ayudan a entender el sentido del sacerdocio católico.

En el Nuevo Testamento, todas y cada una de las prefiguraciones del sacerdocio veterotestamentario hallan su cumplimiento en Jesucristo, “el único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tm 2,5). Quiere decir que Jesús, Hijo de Dios, que aceptó la condición humana, al ser crucificado, se ofreció a sí mismo como único y eterno sacrificio, siendo, al mismo tiempo, altar, víctima y cordero. De este modo, para los cristianos ya no son necesarias las ofrendas de nuevos sacrificios. Porque, como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, “el sacrificio redentor de Cristo es único, realizado al fin y al cabo”.

Mediador del Nuevo Pacto

El Catecismo recuerda asimismo que Cristo, Sumo Sacerdote y único Mediador, hizo de la Iglesia “un reino de curas para Dios, su Padre”, de modo que toda la comunidad de los que creen, como tal, es red social sacerdotal, por el Bautismo. Esto se llama el sacerdocio común de los leales.

No obstante, entre estos leales, algunos participan, por el sacramento del Orden, del sacerdocio ministerial, configurando a Jesucristo, cabeza de su cuerpo místico que es la Iglesia. Los primeros son los obispos, sucesores de los apóstoles que recibieron de Cristo la misión de educar, pastorear y santificar al pueblo de Dios y, por tanto, participar de la plenitud del sacerdocio de Cristo. En nivel subordinado, como ayudantes de los obispos, los presbíteros (curas) asimismo forman parte del sacerdocio ministerial de Jesús.

Así como en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación (Chrisma), que imprimen un carácter cristiano particular a quien los recibe, el sacramento del Orden Sacerdotal imprime a los obispos y sacerdotes un carácter indeleble, esto es, que nunca puede ser removido, que los configura con Cristo Sacerdote para accionar sacramentalmente en su persona (in persona Christi). De ahí que, los que reciben las Sagradas Órdenes son ungidos con el óleo de la crismación –los curas en las manos y los obispos en la cabeza–, signo de la fuerza de Cristo, el ungido del Padre.

sacrificio y reconciliación

El decreto Presbyterorum ordinis, del Concilio Vaticano II, subraya que es a través del ministerio de los presbíteros que “el sacrificio espiritual de los leales se consuma en unión con el sacrificio de Cristo, único mediador”, que se proporciona en la Eucaristía en de forma sacramental “por sus manos, en nombre de toda la Iglesia, aun cuando venga el Señor”.

La constitución dogmática Lumen gentium, también del Concilio Vaticano II, resalta que los presbíteros siguen ejerciendo el ministerio de la reconciliación (Confesión) y el de consuelo de los leales arrepentidos o enfermos (Unción de los Enfermos), y presentan a Dios las pretensiones y oraciones de los leales, «reunir en fraternidad a la familia de Dios animada por exactamente el mismo espíritu y, por Cristo y en el Espíritu Beato, conducirla a Dios Padre […]. En resumen, trabajan predicando y enseñando, suponiendo lo que leen y meditando la ley del Señor, enseñando lo que creen y viviendo lo que enseñan”.

Otro Cristo Es por eso que la doctrina católica enseña que el sacerdote es un alter Christus (otro Cristo). Sobre este aspecto, en 2014, el Papa retirado Benedicto XVI explicó que el sacerdote “representa a Cristo”.

Sin embargo, el Pontífice aclaró que, contrariamente al sentido común, que comprende la representación como una delegación para accionar en vez de un ausente, el sacerdote actúa «en la misma persona de Cristo Resucitado, que se hace presente con su acción verdaderamente». eficiente”.

“La Iglesia es su cuerpo vivo y la cabeza de la Iglesia es él [Cristo], presente y operativo en ella. Cristo jamás está ausente; al revés, está presente de forma completamente libre de los límites del espacio y del tiempo, merced al acontecimiento de la Resurrección”, añadió el Papa emérito, en una meditación a lo largo del Año, en 2010.

El sacerdote, por consiguiente, actúa en la persona de Cristo resucitado, exactamente el mismo que, el día de hoy, en la Iglesia y en el planeta, santifica, enseña, pastorea al Pueblo de Dios.

hombres de oracion

San Juan XXIII, en la encíclica Sacerdotii nostri primordia (1959), resaltó que “la grandeza del sacerdocio está en la imitación de Jesucristo”. Recordando el ejemplo de San Juan María Vianney, patrono de los párrocos y modelo para todos y cada uno de los curas, este mismo archivo resalta que “el sacerdote es, frente todo, un hombre de oración”.

“Esta fidelidad a la oración es, además de esto, para el sacerdote un deber de piedad personal, del que la sabiduría de la Iglesia puso de relieve varios puntos esenciales, como la oración mental día tras día, la visita al Santísimo Sacramento, el Rosario y el examen de conciencia”, destacó san Juan XXIII, recordando la rigurosa obligación de la recitación día tras día del trabajo divino [Liturgia das Horas]. Ese mismo Papa reconoció que, quizás por haber olvidado algunas de estas prescripciones, “algunos integrantes del clero se iban entregando, poco a poco, a la inestabilidad exterior, al empobrecimiento interior, quedando un día expuestos, indefensos, a las tentaciones de este mundo terrenal”. vida”.

Haciendo más fuerte la centralidad de la Eucaristía en la vida de un sacerdote, este Santo Padre asegura que, si es verdad que el sacerdote tiene como misión el servicio del altar, tanto es conque empezó el ejercicio de su ministerio en una misa, “ésta no dejará de ser, durante su historia, el fundamento de su actividad apostólica y de su santificación personal”.

Celibato

Es también por su configuración con Cristo que los curas consagran toda su vida al ejercicio del sacerdocio. En la encíclica Sacerdotalis caelibatus (1967), san Pablo VI resalta “que el ministro de Cristo y gestor de los secretos de Dios (1Cor 4,1), encuentra también en él el modelo directo y el ideal supremo”.

El Pontífice añade que, en medio de una sintonía con su misión, Cristo se preservó en estado de virginidad toda su vida, como signo de su distribución total al servicio de Dios y de los hombres. “Este vínculo profundo en Cristo, entre la virginidad y el sacerdocio, se refleja también en esos que tienen la fortuna de participar en la dignidad y misión del eterno mediador y sacerdote, y esta participación será tanto mucho más impecable cuanto mucho más se sienta el ministro sagrado. liberados de las ataduras de la carne y la sangre”, escribe.

Fisonomía del sacerdote del futuro

A las puertas del nuevo milenio, en la exhortación apostólica Pastores dabo vobis (1992), san Juan Pablo II reforzaba que “Dios llama siempre a sus curas desde ciertos contextos humanos y eclesiales”. Sin embargo, resaltó que hay una fisonomía fundamental del sacerdote que no cambia: “El sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá parecerse a Cristo”, y que, también en el futuro, “la vocación sacerdotal proseguirá siendo la vocación a vivir el sacerdocio único y permanente de Cristo”.

A dos décadas del siglo XXI, el Papa Francisco asegura las enseñanzas de sus precursores, como lo hizo en la carta enviada a los curas el 4 de agosto de 2019, con motivo del 160 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney.

Con el título “Curas con el Corazón de Cristo”, el Santo Padre advierte que, para que el sacerdote se configure con el Corazón de Cristo, “es necesario que el punto firme de su vida cotidiana y el fundamento de su historia humana y espiritual estructura esté constituida por el humus interior de profunda amistad personal con el Señor, desde el como la administración de nuestra vida, el celibato y la misión apostólica logren ser psicológicamente admisibles y espiritualmente fértiles”.

El Pontífice asegura que ser sacerdote con el corazón de Cristo significa vestirse de un corazón abierto a la gratitud, misericordioso, compasivo, vigilante y intrépido. Y reconociendo la humana tentación del desánimo que puede afectar a cualquier sacerdote, Francisco recordó que Jesús resucitado es la “piedra viva” sobre la que se funda la Iglesia y, “incluso en el momento en que desfallecemos, incluso cuando somos tentados a juzgarlo todo según nuestra descalabros, Él viene a realizar nuevas todas y cada una de las cosas”.

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